viernes, 30 de diciembre de 2011

Año nuevito ¿Bailamos?

El año pasado le propuse una cita al 2011 y como me fue bastante bien pensé que quizás es mucho más importante de lo que se piensa invitar a entrar - no a salir - a los años.

Me parece que algo entendí sobre cómo funciona para que las cosas funcionen.

No importa el numerito, los años nos engañan porque la cita es siempre con lo mismo. Pero ese mismo cambia a medida que, justamente, pasan los años.

El año pasado invité al tiempo a hacernos amigos.

Este año, no sin verguenza, no sin miedo, me parece que lo saco a bailar.

lunes, 19 de diciembre de 2011

¿Qué decís?

No se si fue espejismo o realidad, o quizás una combinación asimétrica de las dos cosas, pero un día apareció - o yo lo inventé, andá a saber - y todo indicaba que se iba a quedar sólo un rato, mujeriego como era, pero pasaron los años.

Hace veinte que me suena el teléfono de línea, el celular, ahora un mensaje del chat de BlackBerry, y es él, a las cuatro y media, que ya puede irse y pregunta qué estoy haciendo. Hace veinte años que le respondo que salga de ese boliche de cuarta, lleno de gatos, que eso no es trabajo, y venga, que estoy desvelada, me dice que no es de gatos, jodemos un rato, nos encontramos otro rato y a las siete se va.

Una sola noche le dije que estaba durmiendo pero en realidad no quería verlo porque en ese momento había empezado a conocerte Horacio, y parecía que vos sí eras real, o al menos que estabas conmigo. Pero después vino sin llamarme antes, un domingo a la tarde, estaba confundido. Amagó con dejar todo. Esa fue la única vez que creí que me elegía. Entonces me alejé de vos, vos de mí. Pasaron quince años más.

Nos vemos los fines de semana y no dormimos juntos. En todo este tiempo, hubo un sábado en que se quedó a dormir en casa. Fue porque los demás estaban de viaje. Mirá que pasaron veinte años y les sigo diciendo "los demás".

Yo ya sé que estoy negada y también que estoy jugada. El deseo de los hijos y la familia quedó atrás. Mis amigas intentaron, en vano, darme un sacudón y recordarme que el tiempo sigue andando. Ya no pienso en esas cosas. Y sin embargo, y te lo digo con tristeza, nunca renuncié al amor.

Pero ahora que te cruzo por la calle y me decís que estoy linda - vas a pensar que estoy loca - si no estás comprometido, Horacio, yo te invito a salir. ¿Qué decís?

sábado, 17 de diciembre de 2011

Vértigo

A veces hay situaciones que involuntariamente nos modifican. En los momentos difíciles en los que no hay nadie, ninguna voz amiga que te vuelva un poco al suelo, todo parece lejos, todos están mirando sus propias cosas. Ahí andás, pasando tu tiempo a solas, con un montón de cuidado porque no sabés bien si te gusta soportarlo o no. No sabés si te gusta estar acompañado cuando estás solo.

Pero cuando inesperadamente y al fin aparece alguien y te roza un poco, cuando apenas te acaricia la espalda, ese leve contacto, cuando te pregunta cómo andás y te da justo en la herida que andás disimulando, o te dice que todo va a salir bien y te habla de algo lindo y vos creés entonces que sí, sí sabés.

Todo ese mareo que sentías y esa náusea que amagaba, no era otra cosa que el vértigo - que habita por unos segundos - de comprender que en realidad todos estamos solos, que si nos alejamos de los otros o los otros se nos alejan a vivir sus propias soledades, todo pierde sentido.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Basta vos

Cosas que pasan cuando dos amigos se juntan a cenar y se ponen al día respecto a otros amigos.


Uno
¿Y por qué se separaron?

Dos
Porque él conoció a una flaca.

Uno
¿Eh? Qué maricón ¿Por esa boludez?

Dos
No es una boludez.

Uno
Por favor....

Dos
Bueno, él dice que se enamoró

Uno
Es obvio que no, cómo se va a separar, qué boludo por favor...

Dos
Por favor vos que no estás enamorado y seguís por costumbre

Uno
Me acabás de decir algo horrible sin necesidad

Dos
Bueno perdón. Pero me rompe las pelotas que no concibas que la gente se separe

Uno
Pero es que es muy triste

Dos
O no

Uno
¿Cómo o no? Sos un sádico porque vos no podés enamorarte de nadie

Dos
Sí. Yo no puedo enamorarme de nadie porque está lleno de personas en pareja como vos que podrían estar con alguien más enamorados y más felices. Sádico fui siempre pero vos estás a la defensiva porque si te aparece una minita que te encanta la dejás pasar como hiciste con Florencia.

Uno
Sos cualquiera

Dos
Tengo razón

Uno
¿Qué tiene que ver Florencia?

Dos
No te hagas el boludo

Uno
No me hago el boludo. ¿Pensás que me enamoré de esa mina?

Dos
Pienso que te gustaba mucho

Uno
¿Y eso qué tiene que ver? Ya se me pasó

Dos
Sí, se notaba que se te pasó el otro día cuando nos la encontramos en la fiesta...

Uno
Okey

Dos
Sos un negador

Uno
No me parece

Dos
Tengo razón. Mirá cómo te ponés cuando te nombro a Florencia

Uno
Okey

Dos
Tengo razón

Uno
Puede ser

Dos
Es

Uno
Bueno basta. La pareja es complicada ¿sí?

Dos
Sí. Y la gente también se separa ¿sí?

Uno
Se. Pero es un bajón.

Dos
¡O no! Yo me separé

Uno
Y estás genial. ¿Qué te pasa? ¿Te gusta Florencia?

Dos
Me hacés reir. Estás desviando todo. Yo estoy mucho mejor. Aburrido estás vos.

Uno
Bueno, basta.

Dos
Basta vos.




jueves, 27 de octubre de 2011

Los nacidos un 27 de octubre

Soy un nudo de palabras, un enredo de conceptos, soy grande y también chiquita. Así soy cuando tengo que hablar de la muerte. Los aniversarios de las muertes me perturban. Por eso no hablo de eso. No puedo hablar sobre aquellas cosas sin que se me note la oscuridad ni tampoco decir frases célebres que quedan lindas. No puedo hacerle un culto a la desgracia a través del regodeo en el dolor.

Sólo puedo - si es que es poco - reivindicar el recuerdo y contar que hace exactamente un año atrás, me levanté temprano para censarme y cuando volví a la cocina, en la tele, decían que Néstor Kirchner había muerto, que lloré y llamé a una amiga. Y después a otra, a otra, y a otros. Que yo era una parida más de la 125 y la remaba para ganarle a mi parte inmadura que le temía a apoyar al gobierno oficialista, porque votar a la izquierda siempre te deja libre de culpa (¿sí?). Que ese día recibí incontables mensajes de ¿Vas a la plaza? pero no fui. Me quedé en mi casa, viendo ese épico 678 donde unos cuantos invitados decían algunas palabras y me hicieron llorar tanto, que ese se volvió uno de esos llantos con congoja que uno recuerda para siempre. Que entonces con los otros me sentí menos sola. Que al otro día me levanté con los ojos hinchados, hice cosas que tenía que hacer y después me fui para la plaza. Fui con mi mamá. Y cantamos, con la garganta anudada, pero cantamos.

Yo no quiero hablar sobre la muerte. Yo quiero hablar de las vidas que nacen con ella. Porque si no hablamos de eso todo pierde el sentido. Como dicen los carteles que empapelan la ciudad, no existe mejor culto a la memoria para un tipo como Néstor que el triunfo de Cristina hace 4 días. De la muerte nacen vidas, a veces mal que nos pese, por eso de la culpa, que es así.

Sólo puedo hablar de que hace un año cuántos nos entristecíamos en la Plaza y hace 4 días nos emocionábamos por estar en ese mismo lugar, frente a nuestra Presidenta - que también es una mujer que perdió a su marido - que bailaba sin esconder el dolor, se le notaba en la mirada, pero con esa entereza, se le notaba en la mirada, que nace de ver la unión de muchas, muchísimas personas que nos gestamos por fin en el útero de la política para nacer, y somos un montón de vidas latiendo, creciendo de a poco, siendo pura vida, donde la muerte es una anécdota necesaria.




jueves, 20 de octubre de 2011

El cuadrito de los abuelos

Mi bisabuelo tenía colgado un cuadrito en su casa que decía "No me gusta que otro gallo le cacaree a mi gallina". Cuando él murió mi bisabuela lo conservó y más tarde lo heredaron mis abuelos, que todavía viven en la misma casa con el cuadrito colgado en el mismo lugar, un pasillo ancho que lleva a la cocina y que también tiene otros adornos y muebles.

Descubrí ese cuadro desde muy chiquita porque a los cuatro años ya sabía leer. Mi abuela misma me había enseñado las letras y a combinar las sílabas y me daba ejemplos con una revista Gente que tenía a mano y esto no es muy feliz pero la primer palabra que leí fue Zulema, sí, la esposa del ex Presidente que ahora odiamos. Mi abuela no lo hizo a propósito. Siempre dice que no pensó que iba a aprender tan rápido pero se ve que estaba ansiosa por hacerlo y entonces dije Zu, le, ma con una naturalidad que provocó risas que todavía me acuerdo. A veces pasa que las primeras veces no son románticas ni solemnes pero eso no opaca mi recuerdo en torno a las lecturas.

Por ese ejercicio que adopté desde tan pequeña de leer todo lo que tuviera letras es que una de las primeras cosas que me acuerdo de la casa de mis abuelos es el cuadrito. Pasaba mucho tiempo tratando de entender por qué ese adorno era tan importante, qué quería decir. Me habían contado que era del papá de mi abuela que yo ni había llegado a conocer. Si lo guardaban era por algo.

En aquel momento la casa de mis abuelos era muy frecuentada por adultos que no reparaban en él, pero yo era nieta única y chiquita y me paraba y lo miraba, lo leía y lo pensaba, otro gallo y la gallina, cacarear y no le gusta. Me imaginaba que mi bisabuelo había tenido un patio enorme donde vivían un montón de animales de granja y que a él le molestaba que se pelearan entre ellos, y eso debe ser porque mi mamá me había contado que cuando ella y sus hermanas eran chiquitas como yo en ese momento, su abuelo criaba pollitos que eran muy bebés y muy lindos, pero más adelante se los comían. Así que yo pensaba que mi bisabuelo seguro era medio malhumorado y que le molestaba todo.

Los años iban pasando, también seguía pasando yo por ese lugar y miraba de reojo aquel cuadrito. Seguía sin entender qué problema tenía mi bisabuelo con las gallinas y por qué todos conservaban ese adorno y a veces les causaba gracia.

Cuando el largo de mi cuerpo, y sobre todo de mis piernas, me permitió subirme por mis propios medios a la silla que se hamaca, me quedaba ahí, moviéndome, cantando canciones y jugando mientras miraba la casa de mi abuela, la cabeza del ciervo colgado a un lado de la pared, la biblioteca con una colección de videos de la que siempre me llamaba la atención Tomates verdes fritos, la escalera que me daba miedo, un centro de flores en una mesita, y el cartel que no entendía.

Un día me llegó la edad de pensar que quizás no se trataba de las gallinas. Claro, qué tontos somos cuando somos chicos y ahora que era grande podía entender todo mucho mejor. Así que se me ocurrió que seguro era una comparación, una metáfora. Pero igual no me conformaba. ¿Una metáfora con la gallina?

Creo que después crecí bastante porque perdí la verguenza de preguntarle a mi mamá. Después de todo, era lo más fácil. Ella respondió "Que no le gusta que otro gallo cacaree a su gallina es una forma de decir. ¿Entendés? Como que él tiene una gallina que es la esposa y él es el gallo y no le gusta que venga otro gallo y quiera estar con su esposa y ser su esposo porque la gallina, digamos la esposa, es de él." Capaz que mi mamá tampoco lo entendía tanto.

A veces me acuerdo de ese cuadrito, ahora que el tiempo sí que pasó y pienso que sigo sin entenderlo. No puede querer decir simplemente "no me gusta que otro tipo mire a mi mujer", no, no es eso. Habla de otro gallo y de una gallina. Y de cacarear, sobre todo.

Quizás sólo sea un secreto que mi bisabuelo conoció.

lunes, 17 de octubre de 2011

Cosa I

Si supiera dibujar, ahora haría una mini-historieta en la que una chica abraza a un chico y le dice:

"No nos enamoremos nunca, así estamos juntos siempre"



Pero dibujo muy mal.

martes, 11 de octubre de 2011

La cultura del mejor

Hay personas que tienen la cultura del mejor. Se la pasan buscando quiénes son superiores. Los califican según un criterio- por supuesto subjetivo - y entonces los quieren jugando para su equipo. Para lograr ese fin se traicionan una y otra vez.

Todos en alguna medida elegimos con quién relacionarnos y en ese sentido podría decirse que también buscamos a los que consideramos mejores. Sólo que cuando está en juego el amor de amigos o de querer ser novios no siempre importa eso de lo superior. Alguien puede parecerte interesante pero no necesariamente "el mejor". Probablemente ni se te cruza pensar en eso, porque ahí estás, simplemente sintiendo algo. Pero hay otras personas que se rodean de los elegidos y no tienen ojos para nadie más. Miran a los sobresalientes. No se detienen a mirar más allá de lo que se ve en las primeras impresiones. Si lo hicieran quisiera parecerme a esas personas, pero no, los mejores empiezan a formar una pseudoelite posmoderna en la que si no se cumplen ciertos requisitos super cool no se entra, requisitos que por su parte parecieran ser innatos.

Lástima que si la mirada se posa en el exitismo de los mejores y no en los procesos de los que están buscando su lugar, se pierde el foco en lo esencial de cada uno. Cada persona tiene algo que expresar, que decir, que aportar. A veces algunos tardan más en hacerlo porque les cuesta más o porque así lo quieren. A veces las personalidades se muestran de a dosis porque las vida las relegó un poco o porque sencillamente no están compitiendo al menos no con todas sus facultades. Y por eso van perdiendo. El problema es cuando se vuelven invisibles y no hay forma de que emanen nada, se hacen opacos, pierden todo ese brillo que alguna vez iluminó un pedazo de mundo.

La cultura del mejor es la cultura del careta y creo que Kevin Johansen la expresa muy bien:


domingo, 9 de octubre de 2011

Con bichos 29, sin bichos 32



Hay momentos en que se tiene la sensación de no odiar nada en particular sino todo en general.

Ayer fue uno de esos días en que odié a la gente.

Llovía. Amanecí más tarde de lo que debía así que tuve que ponerme lo primero que encontré, salir y tomar un taxi a destino. Cuando digo lo primero que encontré no estoy mintiendo. Me di cuenta al mirarme en el inmenso espejo que hay en mi edificio pero no había tiempo para la estética. También advertí, al abrir el paraguas y hacer dos pasos, que éste se iba deslizando hacia abajo, hasta mi cabeza. Me quedaba pegado, como si llevara un paraguas de sombrero o un sombrero de paraguas. Tarde.

El taxista balbuceó algunas palabras que no entendí del todo. Sólo escuché el principio de la frase que decía algo así como "Con este día horrible..." y le respondí "y sí, la verdad que sí" mientras acomodaba el convaleciente paraguas en la parte que sí se puede mojar del piso del auto. El taxista rió: "Vos sos mala como yo" me dijo y cuando volvió a repetir la frase supe que lo que no había escuchado antes terminaba en "que trabajen los pobres". Es decir que ese hombre me había dicho "Con este día horrible, qué ganas de quedarse en casa y que trabajen los pobres" y yo le había respondido "y sí, la verdad que sí". Comenzaba a odiar a la gente.

Después de hacer el trámite que me ocupaba, tenía dos horas para almorzar antes de ir a trabajar. Opté por darme el lujo de ir al Delicity que quedaba cerca, en Santa Fe y Julián Álvarez, y que visito mucho cuando ando pro ahí. La super promoción que siempre pido había aumentado. Salía 32 pesos. Venía compuesta de una porción de tarta, mix de vegetales verdes y bebida a elección. La ensalada ocupaba más de la mitad del plato.

Siempre como primero la tarta y después la ensalada. Ayer no fue la excepción pero al llevarme a la boca el segundo bocado de lechuga, radicheta y zanahoria observé un bicho. Lo separé sobre el plato blanco y con el tenedor lo estiré para visualizar si tenía patitas y entonces yo podía aseverar fielmente que lo era. Y sí, tenía también manitos, cabeza, cuerpito y alitas. Entonces empecé a buscar en el plato y encontré dos, tres y cuatro bichos. Dos pares ya me parecía una cantidad lo suficientemente relevante como para llamar a la moza y devolverle el mix de nidito de insectos con verduras verdes.

Yo: Mirá, ahí te separé al costado unos bichos que encontré en la ensalada. Te pido que me traigas la cuenta y que me hagas un descuento sobre eso. ¿Puede ser?

Moza: Ah mirá, sí, dale.

Mientras me preparaba para irme volvió la moza con el ticket: "Serían 29 pesos".

Yo: Me estás cargando. Encontré 4 bichos en el plato, la ensalada está toda ahí, ni pude probarla casi, y ustedes me descuentan 3 pesos. Es una cargada.

Moza: Es una promoción. Además vos la tarta te la comiste.

Yo: Sí, claro, y lamento haberlo hecho porque no sé si adentro tenía una cucaracha. Yo si voy ahora a bromatología con este plato te hago un quilombo.

Moza: Bueno yo no puedo hacer nada, dejame hablar con la encargada.

Ambas hablaban y me miraban mal a lo lejos por lo que yo - que a esa altura definitivamente odiaba a la gente - fui hasta la caja. Tuve que escuchar a esa persona que tenía los ojos opuestos a los de una pobre chica sin criterio atrás de un mostrador pero que sin embargo lo era:

Encargada: Mirá yo no se lo que pasó con la verdura, ahora la vamos a revisar a ver qué pasó, pero no se, si a vos te parece cara la promoción no la pidas la próxima, porque yo vi los bichos, pero vos querés que te descuente y te descontamos. Porque vos la tarta te la comiste.

Yo: Eh, no. No tiene nada que ver lo que estás diciendo. Me descontaste 3 pesos. 3. A mí la promoción no me parece cara pero si me la vendés con gusanos sí. Me parece que 32 pesos de un plato con al menos cuatro bichos es caro. Te estoy pidiendo que me descuentes la ensalada y me querés descontar un peso por cada bichito.

La conversación transcurría en tono plácido ante los clientes que miraban e incluso alguno escuchaba. La encargada y la moza me sobraban. Yo reía mientras mechaba en la conversación sin parar bichosygusanosenlaensalada, bichosygusanosenlaensalada, mientras los clientes se acercaban a pagar otras ensaladas, otras tartas y otros insectos. Parece que la encargada empezó a ponerse nerviosa porque ya todos sabían por qué discutíamos y al final terminó diciéndome que no me iba a cobrar nada y si bien no tuvo la gentileza de mínimamente pedirme disculpas me fui riendo y sin pagar. Pero no era risa agradable, era de esas que sobrevienen para no colapsar frente a situaciones sin sentido.

Después trabajé y el día se hizo largo, nublado, lluvioso y aburrido. El subte de vuelta a mi casa estaba colapsado y repleto de caras rígidas como la mía. Todos estábamos siendo estafados por todo aquello que la Primavera promete y eso no es poco. Un fin de semana largo de junio puede ser fatal y éste se le iba a parecer. En Tribunales subió un grupo de pibes de veintipico. Iban con la camiseta, camino a la cancha, a alentar a Chile. Fumaban en el subte. Se hacían chistes a los gritos. Un hombre de traje, salido del Microcentro, que viajaba al lado mío empezó a reirse cuando vio que fumaban y quería prenderse uno. Otro sonrió al escuchar cómo piropeaban una chica, una buena moza le decían, qué lindas las argentinas. La mujer de al lado me comentó que se notaba que estaban de viaje porque tenían esa soltura que a nosotros nos faltaba.

"La gente se mira y nos ríe. No entiendo si somos patéticos o les alegramos la vuelta a sus casas" le dijo uno de los pibes a otro. Y cuando me di cuenta que yo era una de las que sonreía ante cada cosa que decían o hacían se me dio por preguntarme si en realidad lo que a mí me andaba molestando ese día no era cierta argentinidad en vez de la gente, que después de todo es un rechazo particular y no un odio generalizado.




jueves, 6 de octubre de 2011

"Cineclub, divino tesoro" - para Orilla Sur



Recuperar el cine como hecho social, incentivar el debate, no ser un guetto para unos pocos, resistir a pesar de la poca difusión de los medios y la sala a veces vacía, creatividad para enriquecer los encuentros. Son palabras de los organizadores de algunos cineclubes de Buenos Aires. El desafío de convivir en espacio y tiempo con los grandes cines en medio de la vorágine taquillera.

Que vivimos en un mundo globalizado y lo que los frankfurtianos llaman industria cultural organiza nuestros consumos es un cliché. Un cliché dirían ellos también, como los que abundan en muchas de las películas hollywoodenses, esas que tienen permiso y lugar para llegar a proyectarse en las pantallas de los grandes cines. Lo importante es estrenar, después de todo, y que sea rentable. Lo relevante es la novedad. Pero en medio de esas obviedades que conocemos nos acostumbramos a mirar sin mirar y quizás nos estamos perdiendo de algo. Los cineclubes, esos divinos tesoros instalados por ahí, partes de pasado que renacen para ser resignificadas, aguardan ser descubiertos en una nueva dimensión.

En palabras del organizador del Cineclub La rosa, el fin de cualquier cineclub es “difundir y rescatar aquellas películas que han pasado desapercibidas, están fuera del circuito comercial y merecen ser reconsideradas, sean contemporáneas o clásicas”. Nadie puede negar que en ese sentido es una gran empresa. Lleva a cabo el desafío que sólo un ímpetu apasionado puede sostener porque proponerse ofrecerle a la ciudad otro tipo de cine es algo parecido a montar una carpita al lado de una mansión.

La Rosa funciona dentro del Centro Cultural y Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte desde 2007. Emiliano Penelas considera que el cine “debe volver a considerarse un hecho social. El cineclub alienta a ver las películas en pantalla grande y en grupo; la participación colectiva retroalimenta lo que se está viendo.” La mayor meta es armar un espacio en donde el encuentro no sea el hecho masivo y simultáneamente individual, tal como lo supone el acto de ir al cine en la actualidad. Tiene algo de nostálgico. Para el Cineclub La Rosa la experiencia viene generando sus frutos, el público se ha ido incrementando año tras año.

Buenos Aires Mon Amour ó BAMA cuenta con dos sedes, una en Recoleta y otra en San Telmo. Lo visitan más de mil personas al mes. Sin embargo Guillermo Cisterna Mansilla, uno de sus organizadores, cuenta sobre la opuesta realidad en sus inicios: “Arrancamos en el living-comedor de un departamento con amigos y amigos de amigos. Venían veinticinco personas una vez al mes.” BAMA conserva el espíritu del cineclub, en donde se presentan las películas y después se discute sobre la misma pero – y esto es muy interesante- Guillermo aclara: “Si bien hay un debate con los presentes no hay necesidad de saber sobre cine o tener conocimientos previos. No queremos ser un guetto sino un lugar donde la gente pueda descubrir que también hay otro cine además del habitual de las salas comerciales.”

El arte plantea una distinción entre arte para todos, popular, en oposición al arte para eruditos. Probablemente tengamos una gran deuda como sociedad al no reconsiderar esa división para dejar de pensar que el cine de autor, el clásico y el independiente debe ser interpretado necesariamente en clave difícil, sólo para entendidos, para una elite intelectual capaz de comprenderlo. El cine es heterogéneo. Si la idea del cineclub es la de difundir películas alternativas a las que colman las pantallas gigantes de las cadenas que concentran el monopolio de la industria cinematográfica, se vuelve interesante que no demande por parte de sus espectadores un conocimiento que muchas veces no se posee. De lo contario falla en su objetivo. Por eso BAMA no convoca a la asistencia de quienes estén capacitados para no se qué supuesta aventura intelectual sino a abrir una nueva puerta, una más, para comprender y enriquecer el mundo, a lo que en definitiva invita el arte. Para Guillermo la respuesta del público también ha sido muy buena: “Muchos experimentan por primera vez estos encuentros y les resulta enriquecedor el intercambio de opiniones, diálogo y conocer sobre autores y geografías hasta entonces desconocidas”:

Inboccalupo funciona en Colegiales y si bien exhibe clásicos y películas contemporáneas que han tenido poco lugar en las carteleras, privilegia las producciones de jóvenes cineastas. También comenzó siendo un modesto espacio. Santiago Ceresseto, uno de sus realizadores, cuenta: “Los primeros meses realizábamos proyecciones alquilando un proyector y con sillas ubicadas al ras de piso en forma de triángulo para que todos pudieran ver. Hoy tenemos nuestro propio proyector y armamos gradas con capacidad para sesenta personas.” Inbocaluppo se propuso acentuar el debate y enriquecerlo con especialistas destacados. Bajo esa idea, por ejemplo, organizó un ciclo de cine francés en el que se planteó un debate desde el psicoanálisis, coordinado por dos psicoanalistas, una de las cuales fue co-autora del libro en el que se basó XXY. Santiago dice que un ciclo que les da mucha satisfacción es el orientado a la tercera edad, en el que buscan exhibir películas acordes a los intereses de las personas que asisten. En cuanto a la respuesta general del público, asisten alrededor de veinte personas por función de las cuales muchas son habitúes. Agrega “Durante las estaciones cálidas solemos hacer proyecciones en nuestro jardín y se incrementan los espectadores. Mientras disfrutan de la película pueden tomar algo rodeados de verde”.

El cineclub Inbocaluppo pareciera actuar siempre bajo la lógica de innovar y hacer dialogar al cine con otras disciplinas, lo que vuelve atractiva la concurrencia. Su organizador cuenta que una de las últimas iniciativas es un ciclo de la Pantera Rosa con música en vivo:”Es una idea que surgió ya que la Pantera es el dibujo que más me gustaba de chico y soy fanático de su música. Se me ocurrió preguntarle a un excelente músico qué le parecía la idea de convocar a una orquesta de jazz para interpretar en vivo la obra del gran Henry Mancini. Se puso en campaña para convocar músicos y como el ciclo anduvo bien decidimos continuarlo durante septiembre.”

Por último, Otro ciclo de cine funciona en Virasoro Bar. Se propone ante todo repensar la relación entre cine y literatura. Las palabras de Luciano, su programador, permiten trazar nuevos ejes de discusión y replanteos: “En nuestros ciclos supo haber debates y presentaciones exclusivas. Llegamos a estrenar películas inéditas que subtitulé yo mismo con ayuda de amigos. El público suele responder bien. Hace preguntas, conversa conmigo al finalizar la proyección. Tuvimos fechas exitosas, a sala llena. Hubo días en que hasta quedó gente afuera. Cuando las fechas son concurridas, todos la pasamos bien pero no siempre son encuentros felices. A veces ni siquiera estoy seguro si vale la pena pasar la película o no, porque somos cuatro ó cinco personas. Muchas veces sentí que tenía mucho para decir sobre una película y al encontrarme con una platea vacía, preferí guardarme el discurso en el bolsillo”.

Cuando se lleva a cabo un proyecto como el de un cineclub se sospecha qué puede ocurrir: quizás pasa desapercibido. Las causas son predecibles y no tanto. Según Luciano “El público es muy ecléctico y pocos se entusiasman con una propuesta que quizás depara demasiada exigencia por parte del espectador promedio. No siempre es posible lograr conectar con el público. Creo que hay un interés creciente por el cine arte pero eso no garantiza nada. Siempre es difícil sin el respaldo de la prensa. La gente se guía demasiado por lo que dicen los medios. No suele aventurarse a probar cosas distintas y quizás, después de todo, es una actitud razonable.”

Resuenan algunas frases. Se pueden extrapolar esas imágenes a la totalidad de la cultura: la gente no suele aventurarse a probar cosas nuevas, la prensa decide qué novedades respalda, los medios son determinantes en la difusión de las actividades culturales, a veces hay que cancelar el discurso porque la platea está casi vacía. Tal vez no se trate de la falta de interés por otras formas de cine ni de la ausencia de voluntad de retomarlo como hecho social o ampliar el tipo de películas que se ven. En tanto no se incentiva a la sociedad a tal fin, “es después de todo una actitud razonable”, dice Luciano. Es casi imposible contradecirlo instantáneamente.

Queda pensar la respuesta, encontrarle la vuelta, poner sobre las mesas el debate en torno a las prácticas culturales ricas de contenido y forma que habitan la Ciudad, más cercanas de lo que se piensa, más sencillas de lo que se cree, más entretenidas de lo que parecen, porque todo indica que nos estamos perdiendo de algo.

Sitios Web de los cineclubes mencionados, con toda la actualización de los ciclos:

http://cineclublarosa.blogspot.com/

http://www.cineclubmonamour.com/

http://www.otrociclodecine.blogspot.com/

http://www.inboccalupo.com.ar/


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lunes, 3 de octubre de 2011

Cállese

Todavía no me puse de acuerdo en qué hacer cuando todo lo que tengo para decir es tan confuso que me dan ganas de quedarme en silencio y que mejor hable otro. Se mezclatantotodo que a veces no se si la confusión es mía o apareció porque de tanto escuchar a los demás me olvidé qué pensaba yo.


jueves, 15 de septiembre de 2011

Fulgencios ¿y Fulgencias?

Lo ve venir caminando y ya lo lee desde lejos. Él anda por el mundo con un cartelito que dice: "Es imposible llegar a mí". Cuando están cerca y hablando, por un momento se lo puede ignorar porque un hombre con el que habla tan fluidamente no puede ser así de inaccesible. Pero la advertencia sigue ahí y es imposible dejar de mirarla. Él lleva el cartelito sin verguenza; no sabe que lo tiene. Ella empezó a preguntarse - si podía ser que uno no lo supiera- cuál era entonces el suyo. ¿¿¿Y si los dos tienen uno parecido???


Qué cagada esto de los cartelitos. Pobre Fulgencio.




domingo, 28 de agosto de 2011

Yendo



Lo digo.

A veces me gusta creer que las relaciones fallidas y los desencuentros, que los hombres que hubiera preferido no cruzarme, que las cosas que hice mal, los dolores, los vacíos, el escepticismo, la expectativa, los puentes que se van construyendo, no son sino la única forma que tenemos de encontrarnos.

Me gusta pensar que si no te encuentro es porque los dos estamos tratando de llegar lo más rápido posible pero hay mucho tránsito. Lamento no poder avisarte que estoy yendo.

sábado, 20 de agosto de 2011

Gorda sos muy diosa

Lo que deja a la vista la Avenida Cabildo, Santa Fe, Córdoba y todas las demás comerciales de las franjas de barrios más conchetos de Capital Federal es que los locales ofrecen la ropa salida exactamente de la misma fábrica. Juraría que esos empleados, jefes y diseñadores tienen la obsesión de uniformarnos a todos. "No, es el sistema" Y sí, ya se.

La ropa, eso aparentemente superficial, es un componente más que conforma la identidad de cada persona y en ese sentido importa ya que la forma en que decidimos mostrarnos dice cosas sobre nosotros. Carta de presentación, le dicen.

La cuestión es que cada aproximadamente tres años, cansada de recorrer lugares y encontrar siempre lo mismo, una y otra vez, entro a un shopping para ver si hay algo distinto y accesible económicamente. Voy con la sospecha de que si es caro va a ser diferente. No me equivoco. A veces pasa y encuentro remeras y vestiditos hermosos pero siempre resultan tan caros y el ambiente que presencio tan insoportable que termino huyendo con el deseo reprimido de correr por las escaleras mecánicas para salir de ahí rápido. Qué paradoja que cada unos años necesite entrar a uno de esos para acordarme quién soy.

Miro alrededor y pienso que no puede ser real tal pulcritud. No puede proveer efectivamente más calidad de vida una decena de carteras Prune. No pueden los múltiples aromas exageradamente agradables ni la brillantez del piso decorar el acontecimiento de la vida. No puede la saturación del blanco, las luces dicroicas, los espejos impecables en su función de reflejar y los excelentes packagings triunfar por encima de lo cotidiano, lo feo y lo lindo, lo sucio y lo limpio, lo repugnante y adorable.

Tengo los borceguíes un poco sucios por andarlos tanto y me siento incómoda. O humana. Lo dudo. Me lo pregunto mientras voy saliendo otra vez a Santa Fe. No , de verdad, no puede ser que a esta gente le brillen tanto los cabellos y los zapatos. Es como si todo el brillo se les hubiera ido al cuero y a la capilaridad pero se le hubiera retirado del alma o de los pensamientos. Qué boluda me pongo.

Ya estoy afuera y sigo pensando en esos locales con pocas perchas, minimalistas a lo "prendas exclusivas", en las liquidaciones en las que te podés llevar un saco básico y abrigado por mil quinientos pesitos, una ganga para el tres por ciento de la sociedad. Recuerdo a la veinteañera junto a sus amigas. "Gorda sos muy diosa con ese vestido, gorda decime la verdad cómo me queda, gorda te queda divino, sos diosa. Mal."

Nunca un agujero, jamás una mancha ni un olor a chivo. Siempre un tiempo para descansar de tanta caminata y tomar un café. Precios que de ser pagados llevarían a la ruina ecónomica a alguien como yo. Precios impensables e imposibles para alguien que cuenta con menor dinero aún. Un lugar directamente asesinable para alguien que sufre hambre. Porque lo peor no es que sea caro sino su concepto. El shopping despierta la náusea, la molestia, incomoda lo símil perfecto, la insistente convocatoria a los sentidos que sólo despierta un sinsentido, el mío, y el de varios y varias que conozco.

Sigo caminando por Santa Fe y necesito llamar a alguien, contarle mi experiencia horrible - que entendería poco porque para esa persona quizás es cualquier día pero que de estar conmigo sentiría parecido- que me hable, que me cuente qué hizo hoy, quiero llamar a muchas personas y que me cuenten muchas cosas, quiero tomarme el subte de vuelta a mi casa, compartirlo con otros humanos, cruzarme con la nena que te saluda con un apretón de manos y un beso mientras reparte mapitas de la combinación de líneas y contarle lo horrible y aburrido que es el Alto Palermo. Seguro no le interese.

lunes, 8 de agosto de 2011

Cumplíaños

Hoy dije:


-Qué fuerte cumplir años.

-Qué igual da cumplir años.

-Qué loco cumplir años.

-Qué embole cumplir años.

- Qué horror que todos te llamen al cumplir años.

- Qué importante cumplir años.

- Qué difícil cumplir años.

-Qué estresante cumplir años.

- Qué bueno que te llamen cuando cumplís años.

- Qué alivio cumplir años.

-Qué inevitable cumplir años.

-Qué fiaca cumplir años.

- Qué insoportable cumplir años.

- Qué lindo cumplir años.








Qué raro pega cumplir años.

martes, 26 de julio de 2011

Biblioteca vulnerada

Yo sentada frente a la computadora, luchando con un Excel que no abría, buscando sin éxito en qué aula era la materia. Vos viniste de la cocina, me acariciaste la espalda, cantabas un tema en inglés que yo conocía pero no muy bien. Pensé que si podía cantarlo con vos, que charláramos de lo genial que era, iba a sumar puntos.

Todos sabemos lo que pasa cuando se empieza a pensar las relaciones en términos matemáticos. No se si habrá sido influencia de aquel Excel insano pero me acuerdo que ese fue el momento exacto en el que generé la tabla, mi tabla de adquisición de puntos en base a tus actitudes positivas, como si hubiera contado con la posibilidad de ir a un lugar parecido al supermercado Disco a canjear la suma por 1/4 de garantía tuya, un contrato informal que dijera que al menos los siguientes cuatro meses nos íbamos a seguir viendo.

Mientras seguía con lo del aula fuiste hasta la biblioteca y te pusiste a mirar. Estaba desordenada. Me preguntaste si me jodía que hicieras algunos cambios. Y no, casi ni te escuché. Así que sacaste unos libros, los moviste de lugar, pusiste Liniers al lado de Borges, a Bukowski en donde estaba Murakami y a Haruki lo mandaste al último estante porque no era de tus preferidos. Intercalaste los de Kundera porque juntos era demasiado y le diste protagonismo a Rousseau ("estudiante de sociales, el Rousseau bien a la vista"). Moviste también el portarretratos con la foto de las vacaciones al estante más alto porque se veía mejor. Me pediste prestado Bioy Casares. Te recomendé Una muñeca rusa y enseguida me arrepentí de ofrecértelo porque era como decirte "Okey, al menos el tiempo que tardes en leer éste nos vamos a seguir viendo". Casi te pregunté si leías rápido. Era como decirte, sino, "el día que nos separemos y no nos queramos ver ni la cara voy a lamentar que te quedes con éste, hijo de puta".

Hablabas sobre los libros que habías leído, me contabas cuáles no. Abriste uno de canciones de María Elena Walsh, lo ojeaste y me pediste que cantara el principio de El brujito de gulubú. "Había una vez un brú" te canté y te escuché reirte un poco.

No me preocupó- en ese momento- que me preguntaras: "¿Viste cómo hago de todo para moverte la estantería?" , porque nos reímos del chiste boludo. Nos reímos del chiste, boludo. Y ahora ya te presté casi todos los libros que tengo y no leíste.

lunes, 25 de julio de 2011

Qué bonita vecindad

Una de las armas de seducción del PRO es la construcción de significados que realiza a través de sus propagandas políticas. Al estilo de alguna publicidad que bien podría ser de un bien de consumo masivo, Macri construye una imagen de sí mismo y de su gobierno en la Ciudad, que funciona. Pero hay otros habitantes de Capital Federal, como yo, a los que no nos identifica el concepto de "vecino" reiterado una y otra vez por parte de los mujeres y hombres PRO.

Spot: "La ciudad nos une"

Imágenes bellas y barriales son acompañadas por un narrador que nos cuenta que al vecino le podés dejar la llave cuando te vas de vacaciones. El "otro" es alguien tranquilo, una persona dispuesta a regarte las plantas y darle de comer al gato cuando vos no estás. Lo hace sonriendo. Tiene tiempo pero sobre todo ganas. Eso es porque el "vecino" es un hermano, un igual.

Según este spot pareciera que el factor que hace que no te moleste juntar las piedritas del gato del que vive en el 4º B es que Mauricio está en la Ciudad, en algún rincón etéreo de Buenos Aires haciendo vaya uno a saber qué. Como sea, aparentemente es necesaria la primacía de una fuerza política para que una persona sea capaz de cederle el último pedacito de manteca que le queda a un otro, porque es tarde y el supermercado está cerrado.

"No tenemos una medianera que nos divide sino una ciudad que nos une" redunda el narrador. Pero salgo a la calle, el chofer del colectivo no me para en la esquina aunque esté lloviendo, el subte está cada día atestado de gente que putea porque los que están cerca de la puerta no bajan en las estaciones para que puedan bajar los de atrás, la voz del subte se saca porque nadie respeta la línea amarilla, entra una embarazada y algunos se hacen los que no la vieron, otros están ocupadísimos chateando por Blackberry. Bué, cosas que pasan. Puede una mujer con muletas ir viajando parada desde Catedral hasta Congreso de Tucumán y pasar desapercibida. Puede la voz del subte acompañar de punta a punta ese viaje diciéndole a los pasajeros que por favor cuiden sus pertenencias, que la formación se encuentra "llena de pungas".

Me subo a un taxi, el taxista me cuenta que está cansado de que el gobierno nos falte el respeto a los ciudadanos. El hombre, que votó a Macri, me dice que Cristina siente asco por él. Y a pesar de que le recuerdo que quien dijo eso fue Fito Páez me responde: "Fito Páez, Cristina, son todos lo mismo". Me habla de que hay cosas que este gobierno intenta y que ya pasaron de moda, que no funcionaron nunca. No quiere decirme concretamente a qué se refiere pero sólo por medir su nivel de lugarcomunsismo le pregunto tantas veces que sentencia lo obvio: "Eso de la izquierda querida, no funciona". Y a pesar de que le pregunto por qué considera que este gobierno es de izquierda lo único que tiene para responderme es "Por todo ese tema de los Derechos Humanos. Para unos, porque no cuentan toda la historia". Vuelvo a mi casa de trabajar y lo único que quiero es que este hombre se calle. Ya entendí quién es. "No se puede vivir aferrado al pasado" me dice el señor y en serio quiero que se calle. Agrega que yo soy muy chica para entender. Así voy encontrando razones cada vez más convincentes para realmente dejar de opinar. Quiero mirar por la ventana, abrirla un poco y sentir el vientito. El hombre sigue hablando y ya no lo escucho. Él es mi vecino, a quien se supone deberían darme ganas de sonreirle cuando subo a su taxi. ¿La ciudad nos une? Porque yo sentía la medianera entre la parte delantera y la trasera del auto. Estoy segura de que la separación estaba ahí.

A veces te cruzás con gente divina. No siempre en la ciudad todos son enemigos. No creo en los extremos ni en las posturas apocalípticas y justamente porque no creo en esas cosas escribo sobre este spot.

Los valores que defiende la mayoría de los adeptos al PRO están lejos de ser solidarios con el "otro". Se trata de un "otro" recortado, subrayado por el "eslogan macrista 2011" por excelencia: vos sos bienvenido. Obviamente si hay algunos bienvenidos es porque hay otros que no lo son. No es la ciudad para todos sino la ciudad para los "vecinos", aparentemente una comunidad secreta que está feliz de dejarse las llaves cuando se va de vacaciones y le sonríe al pasajero acompañante que viaja al lado en el colectivo.

Hace poco escuché decir a alguien que si votabas a Cristina eras mediocre: o votabas con el bolsillo o votabas con ignorancia. Era un "vecino".

Hace poco, también, escuché a Elisa Carrió decir que Cristina había mentido con su dolor. Elisa Carrió, "vecina", tiene una balanza en la que pesa los dolores ajenos (nunca los delirios propios).

El discurso de la mano dura, las imprudencias en el tránsito, la indignación de los que cortan calles y la de los que no pueden pasar, las antinomias, las peleas callejeras, las familias durmiendo en colchones tirados por ahí, los que andan aplastados en los trenes y subtes y los que viajan solos en un auto último modelo donde podrían caber otros 5: millonarios, ricos, pobres, clase media, todos vamos de la mano unidos por la Ciudad e inflamos globos de todos colores - preferentemente amarillos -y jugamos un mano a mano de Co-ca-Co-la- con- li-món.

Todos estamos unidos por la Ciudad. "Este es el verdadero poder de los vecinos" y Mauricio está ahí, para defenderlo.

Los que no lo votaremos iremos el domingo 31 de julio- con algo parecido a la tristeza- a depositar un voto que sabemos no va a alcanzar. Ahí andaremos los vecinos no deseables, los no bienvenidos, con un nudo en la garganta y al mismo tiempo contentos de no ser - sobre todo- hipócritas.


jueves, 30 de junio de 2011

Resignarse y madurar

Cuando tenés veinticuatro (años) y nunca te detuviste a mirar a hombres mucho más grandes que vos y sucede, te aparecen algunas dudas. Si ahora te fijás en uno ¿maduraste o te resignaste?. Mis amigas se largan una carcajada y una me contesta que resignarse y madurar van de la mano.

Lena (vamos a inventarle este nombre) está conociendo un tipo de treintilargos con mucho mucho pelo en la espalda. "Si lo vieran en bolas..." nos dice sin dar mucho detalle y por eso lo apodamos sweater. Además tiene algunos kilitos de más. Bueno, unos cuantos.

A simple vista el pibe no le pareció muy atractivo. Lena nos cuenta que cuando cedió al primer encuentro (vamos a llamarlo así) en un momento se preguntó "¿qué hago abajo de este tipo?". Nosotras reímos al unísono e incluso las de la mesa de al lado: Qué coincidencia.

Nicolás (ese nombre le queda bien) es un hombre que gusta mucho de Lena y es tan masculino que a ella - mucho más hermosa que él- le chupa un huevo todo lo demás, esa "boludez de la belleza física". Tan masculino es, que la lleva a ella a decirnos cosas como "me trata como a una mujer... Es un hombre." y nos lleva a nosotras a decir onomatopeyas, suspirar y contestarle cosas como "bu, mmm, ffss... ah... increible, eso sí que es increible".

Los treintilargos le dieron a Nicolás una experiencia incomparable con la de un veinteañero. Parece que los placeres llegan más fácilmente, los llamados también. El amor está más accesible, el sexo ídem. Lo de la edad le parece una pavada y Lena me dice que si me gusta un tipo más grande quizás me resigné a mi búsqueda pero le parece bueno. Según ella los parámetros que yo me armé para elegir quién sí y quién no, se agotaron, tienen que madurar. Supongo que si estoy resignándome a algo, es a esos parámetros.

Lena nos dice que tiene miedo porque todo avanza rápido entre Nico y ella, y el papel de novia - y de tipo más grande- la asusta. Yo le digo que nunca se sabe cómo terminan las cosas, que no tiene sentido que ahora se preocupe por eso: "recién se conocen". Pero ese es el conflicto para Lena porque cuando empieza a estar con alguien, desde el primer encuentro (sigámoslo llamando así) un par de preguntitas la empiezan a acompañar durante el día: ¿esto será intrascendente? ¿llegó para quedarse? ¿este tipo que no me gusta físicamente me va a cambiar la vida? ¿me voy a reir de esto en unas semanas? ¿quién soy?: ¿qué hago abajo de este tipo?.

Mientras nos cuenta todas las preguntas que se hace, él está yendo al bar donde nos juntamos a cenar. La va a pasar a buscar. Nicolás, con el frío polar, tarde como es, va a ir hasta donde estamos. Lena se va a subir a su auto para ir hasta la casa en la que van a dormir juntos.


sábado, 18 de junio de 2011

Mucha claridad

Dos nenes de unos cinco años charlaban en el colectivo, o más bien gritaban. No manejaban volúmenes, así que todos escuchábamos. Y entonces pasó algo increible:

- Yo tengo un chaleco en mi casa que ya no me gusta más y lo quiero regalar. Bah, más que regalarlo lo quiero perder.

- Sí, yo también quiero perder un muñeco que ya no lo uso.


Me reí pero después me quedé pensando en eso de "No lo quiero regalar, lo quiero perder".

Y tuve mucha claridad.

sábado, 30 de abril de 2011

Siempre la música

No todo son las palabras.

Hoy quiero compartir unos videos - filmados en pésima calidad ya que son de mi humilde celular - sobre algunas de las escenas que se viven en el subte. Todas tienen en común alguna relación con la música. Debido a la mala ubicación que me tocó respecto de la mayoría de los intérpretes y también un poco por disimular que los estoy filmando - para no intimidarlos e interrumpir su difícil exhibición - se ve poco. Además hay ruidos: los del subte y los de las personas. Los de todas las cosas. A pesar de todo eso, son videitos de corta duración y de pésima calidad que registran desde una visión mínima del mundo algo de la particularidad que tiene la música. Y la ciudad.

El primero es es el más rockero. Un pibe con amplificador, micrófono, guitarra acústica y toda la actitud de showman urbano.

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El que sigue es complicado porque hay otro músicos cerca y la gente hablaba. Es de un nene con camiseta de Boca que por ser tan chiquito se escabullió por ahí y no lo pude captar. Pocas personas lo escuchaban. A mí este nene hizo que me empezara a simpatizar este tema. Atención al minuto 1:05.

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Lo dije. El "Yo no me doy por vencido, yo quiero un mundo contigo, juro que vale la pena esperar, y esperar y esperar un suspiro" a capella de este niño, es sublime...

El siguiente es de un joven no vidente que canta con pistas. En el subte. Con pistas. En el subte. Con pistas.

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Y el último, una alegría. Dos tipos para que se suban a tu vagón un viernes a la tardecita y le pongan onda, como me pasó ayer.

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viernes, 25 de marzo de 2011

El silencio Nunca Más




Estoy recíen salida de la marcha. No porque haya vuelto hace cinco minutos sino porque necesité unas empanadas y un rato para charlar con una amiga sobre todo, ver televisión y tomarme un tecito para decir que ya salí del estado post marcha del 24 de marzo.

Año tras año, ni se piensa. El 24 se va a Plaza de mayo. Es un deber. Un lindo deber, podría decirse. O necesario, porque no es esa belleza limpia. Es siempre una defensa a la memoria y el pasado es triste.

Todos los años para esta fecha se va a la Plaza. Cuando no se apoyaba a Cristina y cuando sí. Escucho por ahí decir que la marcha se volvió política. ¿Alguna vez no lo fue? ¿O la causa no es política? Hubo muchas muertes y mucha perversión en nombre del orden, de la estabilidad social. Una conmemoración de ese tipo jamás estará desprovista de algo político. Además, si las madres de Plaza de Mayo se declararon seguidoras de este gobierno y se sintieron por primera vez tenidas en cuenta, ¿se le puede pedir que no sea un encuentro aún más político? Para quienes no se alinean con este gobierno siempre está el contra acto y se puede ir ahí, como los de Proyecto Sur, que hoy llegaron y se fueron junto con el MST y el Partido Obrero, que ya que estamos vale decir que este último estaba muy respetuoso.

Las marchas tienen ese aire de profundidad que va y viene una y otra vez. No es un acto que te mantiene concentrado todo el tiempo. Vas y venís pensando, te sumás a las voces, gritás un Presente, después te tomás un mate y le preguntás a una amiga cómo le está yendo en el laburo. Es un acto de presencia por sobre todas las cosas. Por eso lo peor que pueden hacernos los medios de comunicación es no darle relevancia, porque es como si así perdiera validez. Pero no la pierde, y no lo lamentamos por todos los que sí quisieran barrer bajo la alfombra las expresiones populares. Hablo de la cantidad de gente, la mezcla, la cantidad de agrupaciones nuevas, la cantidad de personas que habían ido por su cuenta, las familias, los niños y niñas con sus padres, los viejos y viejas, el poder encontrarse con amigos y otra gente que se quiere allá, sea bajo banderas políticas o no. Un montón pero un montón de gente reunida expresando la voluntad del Nunca Más al genocidio, evocando todavía más justicia, llenando el centro histórico de la Ciudad, haciendo ruido, mucho pero mucho ruido.

La importancia de esas presencias no se pierde porque el silencio Nunca Más.


domingo, 20 de marzo de 2011

*Mundo Sherlock




Y un día te das cuenta de que tantas veces te va a pasar.

Toda esa artillería puesta a la orden de hacer las cosas lindas, de impedir que cualquier cosa las arruine, ese afán de galantear trabajosamente para por fin llevarte a tu casa a la más hermosa, al que está más bueno, al más copado, va a ir a parar a ningún lado, se va a hacer un bollo contra la pared y va a caer oxidado por el abandono, después de los primeros quince días.

Porque viste como es. Te das cuenta un día de que no somos tan sanos ni tan puros. Por el contrario solemos ser bastante jodidos, bien forritos, entrenados para remar con el remo más grande ante el primer cartel de "peligro, zona de acercamiento a alguien", como si te fueran a comer los leones. Así que cada uno por su lado. Qué confusión ni confusión. Todo clarito, flaca.

Pero como a nadie le gusta que lo dejen hablando solo, una se va volviendo cada vez más Sherlock Holmes buscando la grieta en el otro de ese stop inminente, para poder frenar todo a tiempo y decir: "ah no, de ninguna manera, yo me voy antes que vos". Porque así, si te volvés medio indagador de los indicios que den cuenta de que el otro te va a fletar de la peor forma (o de la mejor) te le adelantás y huís. Entonces te quedás menos helada porque ya sabés que se termina, porque vos lo decidiste. Y sos más copada. Lo descubriste y lo delataste poniéndole fin.

Y qué increible pero esos detalles de alguien que hasta hace tan poco te atraían en cantidades impensadas y que parecían diferenciarse por fin de lo común, se vuelven una vulgaridad de un momento a otro cuando el mismo portador de esa gracia está haciendo ruido al lado de tus pies de lo bajo que cayó.

Cuanto más nos esforzamos por gustar, más militamos contra el amor. Y pasa tantas veces. Una y otra. Y otra más. Un experimento a base de prueba error que parece no tener fin. Entonces te preguntás ¿Quién soy? ¿Una persona buscando EXPERIMENTAR? Como que la experimentación se estaría haciendo larga.

Pero ese mismo día en que te das cuenta de que te va a seguir pasando, también te terminás de convencer en que sólo va a parar cuando te encuentres con otro que está igual que vos de hinchado las pelotas y te mires sin toda esa ridiculez, sin esa fobia absurda y desproporcionada al contacto.

Y por alguna razón, sabés que eso va a pasar un día. Así que todo bien.

Mientras tanto, unos libritos de Conan Doyle y a explorar el mundo Sherlock.

*Dedicado a mi amiga lo más, que me entiende muy bien

jueves, 17 de marzo de 2011

Constitution Sede of Sociales Business




El primer día de clases de la facultad de este año no se pareció a los anteriores primeros días de clases de todos los otros años. La facultad de sociales de la UBA estrenaba sede en el barrio de Constitución y yo aún no la conocía así que fui a su encuentro después de combinar subtes. En el pasado quedó el ritual de tomar el 65 y bordear Parque Centenario.

Todo parecía indicar que la sede iba a ser "lo peor" porque el barrio era terrible de lejos y de inseguro, pero esos prejuicios colectivos se desvanecieron en cuanto fui descubriendo el edificio. Quizás sea porque curso a la mañana, pero el barrio no me pareció terrible. No había una banda de narcos esperándote a la salida ni un grupo de travestis cobrándote peaje para llegar a la facultad.

Por el contrario, la sede es cinco estrellas para lo que venimos acostumbrados. El aula que me tocó tiene ven-ta-nas. Eso lo dice todo. Ah, y hay patio. Sí. Pa-tio. Para nos, los estudiantes de sociales, esto es un oasis en el desierto. Quiero decir: hay luz natural, ¿entienden? Y hay baños nuevos, intactos.

Vi mucho joven perdido, mucho encuentro con las mismas personas que caminábamos en círculos buscando las aulas. Extranjeros en nuestra facultad, ahí andábamos, descifrando dónde estaba la librería de apuntes, la de programas, el kiosco de siempre, la vieja del bar, el comedor. Lo familiar en lo ajeno, eso buscábamos, y por lo general con risa porque la facultad es muy grande y nadie entendía nada. Es enorme y es toda para nosotros. ¿Pueden entenderlo? Y eso que le falta todavía. Algunos materiales de construcción se dejan ver por ahí, en algún rincón.

Por fin encontré el aula. Los que ya habían llegado se estaban fumando a la profesora hablando en términos generales del programa de la materia. Después, ella lo que se fumó fue un cigarrillo que había armado a la par que nos comunicaba que el tema del coloquio final era muy muy lindo: la revolución rusa.

Después de derribar mitos sobre la dificultad de la materia, nos mandó a leer sobre el supuesto Antiguo Régimen porque en realidad adelantó que son más de uno, y nos largó a los veinte minutos de iniciada la clase.

Fui a hacer una cola interminable para conseguir mi programa y dos compañeros que recién había visto en el aula hablaban sin parar adelante mío. Recién se conocían. Hay gente que levanta muy rápido. Cada tanto buscaban mi complicidad, ya que los tres sabíamos que desde hacía unos minutos formábamos parte de la misma sociedad anónima: la del práctico. Esta es una especie de asociación temporal en la que hablás sobre la profesora, las materias y la carrera, y es anónima porque la mayoría de las veces después de la cursada te volvés a cruzar y ni te saludás. Es más, a algunos directamente no los recordás. Como sea, teníamos un vínculo que obliga a la simpatía pero a mí no me daba para cortarle el chamuyo al pibe, que bien se venía trabajando a la chica hablándole de cada una de las materias y sus contenidos, así que no me metí en la conversación.

Conseguí lo mío y me fui a pasear un poco porque me quedaban dos horas y media libres por delante hasta ir a trabajar. Cuando salí de la mansión de sociales escuché a dos tipos que hablaban en la puerta sobre la sociedad de consumo. Cuándo no.

Con el fin de alejarme de Constitución, agarré Nueve de Julio para el lado del Obelisco mientras seguía pensando en la nueva sede y en que al final se había concretado, eso que parecía jamás llevarse a cabo. Imaginaba cómo iba a ser cuando estén todas las carreras, trataba de imaginarme yendo ahí, cada cuatrimestre. También pensaba en mis contradicciones: la molestia por su ubicación pero el amor hacia su infraestructura, sus ven-ta-nas. A las dos cuadras de romanticismo académico me vino un stop bien cool de esos que te dicen "¿en qué estabas pensando, chiquita? ¿de qué te la das?" al toparme con los imponentes edificios todoterreno y todoventana: UADE Art Institute y UADE Bussiness nosecuánto. Yeah. Una gran carcajada interna empezó a hacer mucho ruido en mí hasta salir de mi boca y me reí durante algunas cuadras. La UADE era como un Maradona diciéndome que la tenía adentro.

No es nada guau, sólo la crónica de un pedazo de día cualquiera.

Sólo la crónica de un pedazo de día, cualquiera.

Y sí. Pero todo esto es un breve ejemplo para decir que colgué el blog porque estuve muy ocupada en vivir. Pero no me fui, eh. Ya ya vuelvo.



jueves, 24 de febrero de 2011

Ustedes sabrán

Primero es el golpe, que a veces es imaginado aunque sea por algunos segundos antes, y otras no. Después viene la observación de la herida, algo así como un chequear la gravedad, pero en ese momento impera el dolor, que es un magnificador de la realidad. Se vuelve difícil autodiagnosticar la magnitud del corte. El dolor agrava los asuntos, asusta. Lo único posible en ese momento pareciera ser la prolongación del sufrimiento hasta nuevo aviso, el summum de las heridas, la acumulación de los ardores por venir.

Las heridas tienen esa característica de recordarnos que hay cosas que duelen, y que atrás del envase hay muchas capas y delicadezas que pueden ser vulneradas. Y a pesar de que la lastimadura ocupe sólo una parte de nosotros, es difícil olvidar que está ahí porque efectivamente está en ese pequeño lugar, doliendo. Hagas lo que hagas la sentís arder, tirar, punzar o rozar con las otras cosas del mundo.

Cuando pasa el primer impacto es pesado pensar que llevará un tiempo cicatrizar la herida. Da fiaca. Sería útil que desaparezca rápido, pero por lo menos se sabe que un día se seca y vuelve a la normalidad, modificada. Existen varias formas de curar la herida, pero hay que saber algo antes de actuar: se puede vendar rápidamente la zona, tapar la lastimadura y pensar que así va a pasar, pero no funciona. Aunque quede mal andar exhibiéndola por ahí, no queda otra. Se tiene que airear.

A la herida hay que dedicarle tiempo. Lo primero es limpiarla bien, despejarla de toda la mugre, con paciencia y con cuidado porque duele mucho. Hay que sentarse a curarla. Y así durante varios días. De a poco, el dolor va cediendo. Los tejidos se regeneran. No se va pero ya no duele. Después pica, molesta, se cae, se transforma y comienza a formarse la cicatriz, que incluso si la cuidás, después de un tiempo muy largo, también desaparece. De esta manera, la herida pasa a convertirse en una experiencia más, y el dolor provocado en aquel primer momento sólo puede recordarse al aparecer una nueva herida.

A veces alguien descubre tu cicatriz. Te das cuenta porque la mira o te lo dice. A mí las cicatrices de los otros no me dan miedo. Las mías tampoco. Al final son atractivas porque quiere decir que el que las tiene la vivió. Significa que esa profundidad que en un momento había que curar tanto, funciona ahora muy bien, está a salvo. Lo máximo que puede quedar es el dibujito superficial de lo que alguna vez habrá sido pasarla como el culo.

Cuando yo conozco un hombre, no me molesta descubrir sus cicatrices. Yo prefiero los hombres que las tienen, pero no las de la piel. Ustedes sabrán que yo nunca hablé de esas.

lunes, 14 de febrero de 2011

La otra cara de las princesas



Y un 14 de febrero las chicas se juntaron y dijeron: pongamos una cara para el día de San Valentín y saquémonos una foto.

Los medios de información monopólicos nunca publicaron este documento.

jueves, 10 de febrero de 2011

Esos bárbaros que conducen bondis (?)

El mp4 es ese medio de entretenimiento que me hace los viajes por la ciudad más amenos. Por lo general siempre funciona, es la ayuda infaltable para mantenerme más contenta. Pero a veces, algo del afuera rompe necesariamente el efecto.

El otro día cuando estaba esperando el colectivo, me empezó a hablar un señor, setentón, que modulaba palabras que no entendía, entonces pasó lo que no tiene que pasar y le concedí la liberación de un oído. Dijo algo respecto de mi bostezo. Le sonreí, porque esa es la única forma de sacarte de encima un hinchapelotas: sonriendo. Por suerte el 59 vino rápido.

El chofer no paró el colectivo como debía: no lo arrimó ni al cordón de la vereda ni a la parada, por lo que tuvimos que caminar hasta él. Mientras ponía mi uno veinticinco en la máquina, atrás mío, el hombre que me había hablado, le gritaba de todo al chofer: que no podía ser, que era un haragán, que el pueblo le pagaba el sueldo a él para que hiciera bien las cosas y no se cuántas cosas más porque el auricular ya estaba otra vez en mi oído.

El viaje fue largo. En Av. de Mayo, el señor se paró a tocar el timbre. Bajó como se subió: lejos de la parada y del cordón de la vereda. Los gritos desde afuera de este señor empezaron a ganarle a la música que yo iba escuchando y entonces me desconecté para oír. Primero un auricular.

Viejo: "¡Siervo!" "¡Sieeeeeeeervo!"

Y ante tal palabra, los dos auriculares. El chofer no reaccionaba.

Viejo: Yo soy hijo de europeos. Vos sos sierrrvo. Naciste siervo y vas a morir siervo, ¡mirá el trabajo que tenés!

Chofer: ¡A la una termino de trabajar y si querés te enseño educación!¡Negro! ¡Viejo!

Viejo: ¡Qué me vas a enseñar vos a mí, mestizo! ¡Sos un mestizo!

Y en ese momento en el que el colectivo permanecía parado porque estaba subiendo gente y el señor viejo negro europeo gritaba desde afuera, una mujer vestida de trajecita rosa, rubia, que parecía muy correcta, se paró y pasó por encima de su compañera de asiento, se asomó por la ventanilla y gritó sacada, desaforada y con tono de discurso de Eva Perón (lo juro): "¡Los mestizos también somos personas!"

Viejo: ¡Mestizos, está lleno de mestizos!

Mujer sacada: ¡Pero tomatelás, volvete a Europa!

El colectivero arrancó mientras el hombre seguía gritando y la mujer empezó a hablarle sobre lo que era un mestizo, un siervo, y qué orígenes tenía ella, todo para decirle que no le diera bola a "esa gente".

Llegó mi turno, me bajé, y me volví a poner los auriculares pero no podía parar de pensar en el tiempo. Más allá de la conjunción de odios absurdos y discriminaciones que provenían de todos lados en ese colectivo, era como si el "viejo europeo" se hubiera quedado en otra época. O mejor dicho, como si hubiera sacado a la vista algo que viene de aquellos tiempos. Podíamos estar arriba de unas mulas, en carreta o en el 59. La escena era la misma. Caminé oscilando entre la risa y el espanto, por este señor feudal que odiaba a un chofer mestizo de colectivo que circula en el año 2011, que a la vez lo odiaba a él por viejo y por negro, por europeo y maleducado, y quien era apoyado por otra mestiza que hablaba como Eva Perón.






PD: SIERVO EL QUE LEE.

lunes, 31 de enero de 2011

El que quiere blanco, que le cueste


Hace una semana, yo estaba esquivando aguas vivas en el mar uruguayo y hoy, en cambio, esta mañana de lunes nublada y pronta a llover, fui a hacer el examen pre ocupacional para un posible trabajo. El lugar era horrible y me atendieron muy mal. Desde la sala de espera veía las autopistas que cruzan el barrio de Constitución. Había que ser muy optimista para no huir.

La rutina constaba de los siguientes exámenes: medicina clínica, rayos, electrocardiograma, extracción de sangre, orina y test psicológico. En la primer fase tuve que rendir cuentas de mi peso, mi estatura y mi vista, todo prácticamente en silencio porque a la médica le faltaba una cuota importante de simpatía. Cuando pensé que ya podía irme, la doctora me habló quizás por primera vez.

Ella: ¿Estuviste alguna vez embarazada?
Yo: No
Ella: ¿Hemorroides?
Yo: No.
Ella: Listo, ya te podés ir.

Después vino el laboratorio.

Bioquímica: ¿Estás embarazada?
Yo: No.
Bioquímica: Firmame acá que aceptás que te haga un estudio de embarazo, por favor.

Me senté a esperar que me sacara sangre. Cuando vino hacia mi brazo la previne de que me daba impresión ver y que iba a cerrar los ojos. Al lado mío se había sentado un señor, uno gordo, cincuentón, verborrágico, confianzudo. Esperaba su turno después del mío, así que escuchó la conversación.

Señor: Pobre piba ésta... si se llega a cortar un día ¿cómo hace?
Yo: (con ojos cerrados mientras me sacaban sangre) No me da impresión la sangre en sí, me da impresión ver cómo me la sacan.
Bioquímica: Claro. No mires.
Señor: AH LA SEÑORITA NO QUIERE VER QUE LE SAQUEN ALGO DE ELLA. Qué mezquina.
Yo: Me da impresión.
El hombre me apuntaba con el dedo índice y elevaba la voz.
Señor: Ah no! Qué mujer mezquina debés ser vos!
Yo: Yo soy divina. Chau, gracias.
Señor: Las mujeres mezquinas son las peores...

Seguía hablando mientras yo ya estaba en el pasillo. En la planta baja volví a cruzarme con este señor ya que seguíamos el mismo circuito. Lo vi en las radiografías, por ejemplo, pero ahí ya tenía otro charlatán que me contaba sobre la renovación de su licencia profesional nacional. Puteaba porque estaba ahí desde hacía dos horas. "Cualquier boludez que te salga no te la renuevan acá" me dijo antes de entrar a la radiografía, y salió rápido. "Esta parte es un trámite, olvidáte". Y así fue.

La última prueba a superar fue el consultorio psicológico. Esta es una forma de llamarlo, porque realmente era como un aula en donde me sentaron con tres pibes a los que les hicieron dibujar de todo: una persona con nombre y edad, una casa, un árbol, figuras, test de lógica, algunos ejercicios matemáticos. A mí me tocó simplemente copiar unos dibujos. Rectángulo, círculo, líneas. Lo lamenté porque había estado practicando la casita y la chica abajo de la lluvia con paraguas. Para otra oportunidad.
Finalmente, un hombre me hizo la entrevista final, aquella en donde se iba a poder definir bien mi perfil psicólogico.

Hombre: ¿Qué estudiás?
Yo: Ciencias de la Comunicación y me recibí de una tecnicatura en comunicación visual el año pasado.
Hombre: ¿Con quién vivís?
Yo: con mi mamá.
Hombre: ¿Vas al psicólogo?
Yo: Sí.
Hombre: Listo, muchas gracias.

Y bueno. Hoy aprendí lo que es un examen pre ocupacional. Pase lo que pase, recuérdenlo siempre: gente con hemorroides es gente desocupada. Embarazo, volvé a tu casa . Diabetes, no sos apto. En cuanto a los dibujos, siempre las cosas sobre un piso, la casa con techo, poco humo si hacés chimenea porque de lo contrario estás muy caliente (se relaciona con lo sexual), que la persona sea proporcionada, de tu mismo sexo, manos con 5 dedos, árbol con copa y ramas pero sin raíces. Otra cosa, gente con hernia es gente que debe poner una pyme propia. Personas con trazo débil de lápiz, a pedir limosna. Y sabé que en el camino te podés cruzar con un tipo que te diga mezquina porque no te gusta ver como te clavan una aguja y te van sacando sangre hasta llenar la jeringa.

Creo que hay que entrar un poquito en el funcionamiento del sistema laboral para convencerse definitivamente de que algún día uno podrá trabajar de lo que le gusta, y en lo posible, de forma independiente, sin dibujitos que midan tu aptitud, sin que por ejemplo la diabetes te impida ganarte la vida. No sé, eso pienso yo.

viernes, 14 de enero de 2011

New minita se va al mar



Cuando una mujer se está por ir de vacaciones, yo no se si los hombres lo saben, su parte minita alcanza su máximo despliegue.

Es así. Por más que quieras escapar a los clichés, ahí estás, un 14 de enero preguntándole a una amiga por mensaje de texto si conoce un lugar a donde hacerte los pies. Y no sólo eso sino que ahí está ella: se sabe al menos cinco direcciones por tu barrio a donde ir. También sos vos la que después de salir de Jessica, llama a otra amiga para arreglar algunas cosas del viaje, pero resulta que ella no te puede atender porque está a punto de ser depilada en la camilla de Mónica Brenta. Lo que además es todo un tema porque Jessica y Mónica Brenta son el Boca-River de los lugares cools de depilación.

La previa vacacional se vuelve muy minita. En las conversaciones con amigas, además de los destinos a los que te vas y la circunstancia vacacional que te toca, se habla mucho por ejemplo de la "tira de pelvis", las casas donde te venden malla con parte de arriba y de abajo por separado, de las viejas estrías, la nueva celulitis, las recientes arañitas, el sol y el pelo, cómo hacer para que te cierre la valija/bolso/mochila, ¿Mónica Brenta o Jessica?. Nosotras mismas no nos soportamos.

Dudo que algún hombre haya llegado a este párrafo pero si alguno lo hizo quiero que se entere de que además de los lugares tipo salón de belleza cool, está lleno de pequeños locales para mujeres, en la ciudad, en los que nos ofrecen de todo: depilación, manicuría, pedicuría, belleza de pies, de manos, limpieza de cutis, servicio de peluquería, nutrición. Hoy empecé a descubrir ese universo "minita de barrio" encantador.

Fui a "Cristina depilación" (¿qué te pensabas? Minita, pero nacional y popular) después de haber sacado un turno, sí, un turno, para hacerme los pies. El lugar era un sucucho horrible que da a la calle, de luz deprimente y tamaño reducido. Su decoración era prácticamente nula, a excepción de las múltiples fotos de Jesucristo que adornaban las paredes. Había tres empleadas: la de manicuría, la de pedicuría y Cristina, que depilaba. La voz de Cris era lo más ronco que escuché en mi vida. Me decías que se llamaba Carlos y yo te creía.

Respiré profundo y me entregué a la labor de la supuesta especialista. La señora trabajaba muy en silencio y yo observaba atentamente sus maniobras. Al lado mío una anciana se hacía las manos: uñas color rosa perlado, obvio. Atrás de un biombo bien rupestre, Cristina depilaba a una joven como yo. Nos interrumpió en nuestra burbuja esteticista, una chica que entró para consultar si había mucha espera porque ella necesitaba pintarse los dos dedos gordos del pie. "Sólo esos dos deditos" dijo. Increíble. Me reí pero se ve que no era gracioso: era nor-mal.

Al final, todo bien. "Cristina depilación" fue un éxito. Después de media hora mis pies eran mucho más lindos. Antes de irme recibí un masaje muy relajante, de tal magnitud que no podía volver a mi casa de lo costoso que me resultaba pisar.

¿Y por qué este ataque tan minita?

Porque esta new minita se va al mar.