martes, 26 de octubre de 2010

lunes, 25 de octubre de 2010

Pescetti: te necesitábamos en 1990



Conocí a Pescetti hace alrededor de cinco años porque mi tía me invitó a verlo al teatro con mi primito. El grupo de salida estaba compuesto por nosotros tres y una amiga mía que se coló porque le divierten las obras infantiles. Nos esperábamos una obra más para niños.

El tipo apareció en el escenario, se presentó con su tono mexicano y comenzó a cantar canciones. Intercalaba haciendo juegos. Creo que en ese momento me perdí con él, me dejé llevar. Jugué a todos sus juegos. Los cuatro lo hicimos. Pescetti te transporta. Las letras de sus temas son divertidas y muy ciertas, para la identificación de grandes y de chicos. Es irónico, inteligente en sus frases e innovador en sus melodías, que no son las típicas para niños. Hay blues, un poco de rock, valsecitos, canciones para tocar con la guitarra.

Cuando yo tenía la edad de mi primito por entonces, en 1990, existían Las Trillizas de Oro, Flavia Palmiero, Carlitos Balá, Xuxa. Ellos eran los ídolos. Algún acierto habrán tenido, pero no ese del "no se qué" que genera identificación y lo hace a uno sentirse más cerca de la humanidad, de las cosas que nos pasan. También estaba María Elena Walsh, a quien algo podemos agradecer. Lo que no se es quién compuso algunas canciones de tanta popularidad como "En el viejo hospital de los muñecos, llegó el pobre Pinocho malherido". Yo la vivía cantando y cada vez que la recuerdo y soy consciente de su letra me dan ganas de preguntarle al compositor en qué pensaba, qué mal aquejaba su vida como para hacer un tema tan deprimente. Y encima triunfar. Hay gente que tiene suerte.

Lo que llama la atención es que no recuerdo haberme sentido identificada con los temas musicales, cuentos o juegos que existían en mi niñez. Por eso es que ni bien comenzó el espectáculo de Pescetti y tras escuchar esas letras, sentí lo que hubiese influido en mi niñez si hubiera existido uno como él que me cantara esas canciones. Habla de la relación entre la madre, el padre y el hijo, del amor, de gustar de alguien, de las peleas entre padres, del placer del juego, de los campamentos, de comerse los mocos y de las comidas horribles a las que algunos padres someten a sus hijos, de no poder dormirse, de los miedos. "Mamá no quiero que hoy vayas al trabajo", "Lo que más te gusta de mí es que gusto de vos", "Ricardito no me come nada este niño se alimenta con el aire" "Papá tiene una semillita que la guarda escondida porque no queda bien andar con la semillita al aire, mamá tiene un sobre donde guarda la semilla". Infinitas partes de canciones que ridiculizan la educación que recibimos, que se ríen de las cosas que pasan en la infancia y entre los padres y los hijos.

Por eso Pescetti me parece totalmente innovador. No soy original, es muy halagado en la actualidad por las corrientes educativas más reformistas. Es provocador, tiene contenido en un ámbito como el de la niñez que se construye socialmente como algo tan naif y en el que no debe hablarse de ciertos temas. Pescetti es una especie de derribador de tabúes. Lo ves en vivo y arrasa con todo, se lleva por delante el funcionamiento de la familia, el sistema educativo, todo, todito, sentado en una banqueta en un teatro con un micrófono y una guitarra. Él, tan simple y tan complejo, tocó ese algo que alguien roza cuando algo nos encanta.

Poco tiempo después de que fui a verlo, descubrí que él había escrito Natacha, un libro que sí leí en mi infancia y que adoraba por lo gracioso y lo desestructurado. Me gustó saber que en algún momento de aquellos años llegué a sentir algo de la esencia de Pescetti.

Hay que saber que él en realidad es argentino y vivió muchos años en México. Además de cantor y compositor de canciones infantiles, y digámoslo, para adultos, es musicoterapeuta y pedagogo. Se dedica de lleno a proponer desde su lugar un modo distinto de llegar a los chicos y a sus padres, a través de la música y el juego. Realiza charlas para maestros. Y es como antes dije, escritor. Mantiene actualizado constantemente su blog personal, que tiene mucha información sobre sus obras y canciones y que cualquiera que conserve un poco de su niño oculto, debe visitar. O como adulto. Lo mismo da.

Nos pusimos serios

El blog se está poniendo serio. Y si bien eso queremos un poquito (la que soy ahora y todas las demás versiones), tampoco tanto. Parece re fácil pero hacer un blog es un quilombo. Si querés darle un único sentido, digo. Si buscás que sea prolijito, coherente, inteligente y bonito. ¿Quién puede? Es imposible así que empezaré a mezclar todo y decir lo que se me venga en ganas (por ejemplo decir "lo que se me venga en ganas").

Nada tiene un único sentido chicas, chicos. No insistamos más.

viernes, 15 de octubre de 2010

Cosas que pasan

Desde la parte trasera de su cabeza, naciente de la profundidad de su universo etéreo, tan cerca y tan lejos, se anunciaba una lágrima que tardaría en llegar. Percibió sin embargo que ya estaba en camino, entonces dio la orden de que todo lo que pudiese frenar su llegada se le interpusiera. Pensó en otras cosas y buscó, desesperadamente, recuerdos capaces de revertir la terrible e impensable situación que se aproximaba. Para ella, la lágrima simbolizaba la más vergonzosa debilidad.

Justo cuando se encontraba en la cumbre de su desesperación y hubiese hecho cualquier cosa con tal de evitar el mal momento, sintió que sus ojos miraban ya empañados. Vio el piso nublado, su cabeza en todo momento había apuntado hacia abajo. No había remedio, la sensación se intensificaba cada vez más y más cerca del entrecejo, iba desde detrás de la nariz hacia alguna parte que quedaba delante de su cara. Tragó saliva con fuerza, como si en ese trago pudiese también llevarse la angustia o llevárselo a él. La única posibilidad, si así puede llamarse a algo muy improbable pero que como poder ser puede ser, era que al levantar la vista él ya no estuviera y entonces todo hubiera sido producto de su imaginación, perteneciente a alguna otra vida, o que él hubiese comprendido que tenia que irse, por ella.

Caían una lagrima y otra retardadas por todo el esfuerzo destinado a alargar su nacimiento para que, al menos, se tratara sólo de un llanto corto, uno que se le “había escapado” tal vez por haber bebido tanto vino. Echarle la culpa al alcohol… Seguía mirando para abajo, hacia sus piernas que estaban inmóviles y tensas, sosteniendo su estructura ósea y absorbiendo alguna que otra lágrima que iba directo a disolverse en la tela de su pantalón. Pensó en el día en que lo había comprado. Caminaba por una avenida, lo vio en una vidriera y se lo probó. Le sentaba justo. Todo era hermoso en aquel lugar: los probadores, el techo, la exactitud de la luz, sus manos, su pelo, la juventud. En esos días él no existía, ella era completamente libre y fresca. Todo le parecía triste y lejano. No era esa una situación para sentirse hermosa, ni siquiera bien.

El no decía nada. ¿Estaría todavía ahí? Ya empezaba a dudar realmente. Con tal de reducir el daño comenzaba a creer que tal vez era posible que él ya no estuviera. Llamaba su atención que no le dijese nada durante esos minutos, que fueron pocos, pero duraron mucho. ¿No sabría qué decir? ¿Prefería no decirle? Qué triste era que no supiera qué decir. Siempre hay algo para decir. Que triste sería que prefiriese no decirle nada. Nada de nada.

En aquel momento se convenció de que era capaz de odiar a alguien. Siempre supo que era probable aquello de sentir fuertes punzadas, incomodidades, impotencias. Sabía que muchas veces se sufre a costa de la propia voluntad, pero ahora descubría que lo había olvidado. Este hombre le ponía punto a la historia, sin pedirle permiso ni opinión. Venía al encuentro simplemente a contarle su decisión y a explicarle el por qué. En esos días ella hubiese pedido por favor que le mintieran y le dijeran que todo era una ilusión, que en verdad él se había asustado y volvería y creerlo por un tiempo hasta darse cuenta de que no.

Era mejor no levantar la vista y esperar a que algo pasara porque mirarlo era confirmar que todo era verdad. Podía escapar, al menos por un rato, si se detenía a mirar los poros de la tela de su jean, imaginar cómo es que la tela se fabrica, contar cuántas líneas blancas y puntitos apilados verticales se veían, cuántos horizontales. Imaginar obreros y obreras y maquinas y fabricas y vendedores. Imaginar el camino de los pantalones, los precios, las caras de la gente al verlos, imaginarse a ella misma caminando contenta con ese mismo pantalón y sin ese hombre, imaginar que ese tipo nunca había existido y que el ultimo día vivido había sido aquel en que entró a la tienda. En definitiva, ese pantalón que llevaba puesto era la causa de su tristeza y su desgracia. Era también su desilusión. La culpa no era de nadie. Eran cosas que pasan.

Como se convenció de eso, levantó la cabeza. Mejillas húmedas y ojos vidriosos. Nada que esconder. Lo miró fugazmente a los ojos. Con la mirada dibujaba sutiles diagonales, como si mirara distraída. Veía los colores y las luces más expandidas de lo habitual. Pensó que sólo desde la tristeza puede comprenderse la realidad: una cena triste, un amor que ya se iba por las puertas, las ventanas, los ojos y las manos. Entonces, él habló:

-Te entiendo - le dijo.


viernes, 8 de octubre de 2010

Como las horas del día.

Ayer nos estábamos poniendo al día con una amiga y en medio de los relatos de nuestras respectivas crisis que ambas asociamos con el crecimiento, me dice, con tono contundente y muy seria, respecto a una peleíta que tuvo con un compañero de la facultad:

"Entonces le dije que estábamos grandes para esas cosas. Todo bien pero yo ya tengo... ya tengo... tengo... PARÁ ¿¿¿cuántos años tengo yo???"

Le respondo "Ehh... pará. Tenemos... ehm 24. Sí. 24 ¿no?"

No faltó la risa lametable ni la conclusión para una pequeña ayudita que evite futuros incovenientes.

" Boluda, tenemos como las horas del día! Así nos acordamos seguro."


Por las dudas. Entre amigos vale todo, pero sino, se complica.



miércoles, 6 de octubre de 2010

Prefiero el banquito, lindo

Por momentos, Gabriel roza mi pierna con su pierna. Y lo sabe. Se apoya en mí, deja escapar un suspiro leve que llega hasta mi cuello. Y lo sabe. Me agarra del brazo, me da un beso en el hombro. Y lo sabe. Los demás nos miran cómo diciendo “¿qué hacen?”.

- Estoy cansado – me dice.

- ¿Por? – le pregunto.

- Porque ayer salí y me dormí tarde – me responde.

- Ah, y si. ¿Qué hiciste? – le pregunto. Asoma una sonrisa.

- Salí con una amig… –

- Claro ¡con una amiga! – le digo y río.

- Si… no me hagas acordar que me dan ganas de volver – me dice con sonrisa de lado a lado.

Nuestra conversación no es la única, hay otros que hablan y que nosotros no escuchamos. Hay muchas personas. Me paro, camino hasta la mesa y sirvo más vino en mi copa. De qué río, pienso. Miro mi silla vacía, intacta, al lado de la suya. Lo miro y sigo sonriendo. Agarro un pequeño banco, que nadie parece ni advertir y lo pongo en un hueco, cerca de un desconocido. Ahí me siento. Volver a la comodidad de la silla es una contradicción si Gabriel está sentado al lado.