sábado, 16 de febrero de 2013

Volver (próximamente)

A confiar, a hacer una lista de películas para ver, a verlas, a cantar lo que se me cante, a usar las ropas preferidas, a combinar los días con cosas que no pegan, a inflar la bici y salir a andar, a subir el volumen, a buscar, a cocinar recetas propias, a considerar que quizás sea posible aún más amor, a buscar precios para tomar otra vez un avión, a recordar que lo malo y lo bueno conviven y aceptar la tristeza sin detenerse, a escribir.

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a publicar,

a compartir.

lunes, 27 de agosto de 2012

"Dar testimonio no es estar en la sala de tortura pero es un hecho tortuoso" - Entrevista a Miguel D´Agostino


“En 54 años de vida, 91 días no son nada” dice Miguel D´Agostino, quien estuvo secuestrado esa cantidad de tiempo durante 1977, en plena dictadura militar. Sin embargo, ese porcentaje ínfimo comparado con la totalidad de su vida es el que lo llevó, desde el momento de su liberación hasta el presente, a testimoniar una y otra vez en distintos juicios. Si bien los casos juzgados en ABO y ABO bis condenaron a algunos de sus represores, él es crítico de la Justicia y cree que la democracia tiene una deuda con su militancia y la de las miles de personas asesinadas y desaparecidas.
            D` Agostino llega con las manos en los bolsillos, observa hacia todos lados. Entra relajado al bar de Corrientes y Salguero. Las entrevistas le resultan familiares: lleva contando su historia desde hace tres décadas, de modo incansable. Toma el primer trago de café y empieza: “Tenía 18 años. Era militante político y dirigente estudiantil. Pertenecía a la Juventud Guevarista y al Partido Revolucionario de los Trabajadores. Me secuestraron el 2 de julio de 1977 en Castelar”. Fue a la madrugada. Lo llevaron al campo de concentración Club Atlético, en Paseo Colón y San Juan. “Allí permanecí 91 días, encadenado, tabicados los ojos, aislado e incomunicado del exterior” agrega, contundente. “No sé cómo sobreviví” dice D´Agostino, hace una pausa y sigue: “Quizás, porque no encontré la forma de suicidarme”.
            Lo arrancaron de la casa de sus padres. “Lo recuerdo claro: traspasar la puerta del chalecito de Castelar, salir a la vereda encapuchado, esposado y golpeado. En ese momento fue como si se hubiera generado un dispositivo en mi cabeza, una forma de resistir que fue la de considerarme muerto” cuenta, y pareciera que también se lo dice a sí mismo una vez más para ayudarse a comprender cómo resistió cada uno de los momentos que viviría. Agrega: “Me golpearon, me picanearon y dolía. Pero yo era un bulto. Mi cabeza estaba en otro lugar”.
            El 20 de septiembre de 1977, trasladaron a varias de las personas que estaban secuestradas en el Club Atlético Banco Olimpo, para exterminarlas. Desde hacía días, D´Agostino venía muy angustiado y le preguntó a Daniel Di Nella – a quien los secuestradores usaban como mano de obra esclava y por eso se movía por otros lados y tenía información - si lo iban a matar. El tipo le contestó: “Petiso, quedate tranquilo. Con vos hay otro proceso. Si no te largaron en esa tanda no va a pasar nada. A mí me matan pero a vos no”.
            Diez días después de aquellas palabras, a D´Agostino lo torturaron para saber qué sabía de su paso por ese lugar, lo llevaron a hablar con un Coronel que le dijo que iban a liberarlo pero que se portara bien, lo subieron a un auto y lo tiraron en la calle. Lo lanzaron junto a otro hombre en la puerta del Hospital Borda.
            Desde el 30 del septiembre de 1977 - día de su liberación - D´Agostino se dedicó a intentar reconstruir lo que había pasado. Vuelve a recordar el momento en que se había considerado muerto y describe: “Después de unos días de estar en el estado de las torturas, la leonera, la picana eléctrica, el interrogatorio, el golpe, los cadenazos, las quemaduras, empecé a tratar de recuperar la vida, por así decirlo. Quise, entonces, intentar algo. Intentar algo era conversar con otros, empezar a observar y registrar quiénes eran ellos. Me relacioné con personas que estaban ahí. Quería interpretar lo que estaba sucediendo”. Ese reencuentro consigo mismo fue el factor que le permitió, mucho después, dar testimonio en distintos juicios.
            El hecho de haber estado dispuesto a contar su experiencia desde el primer momento, lo ayudó a construir una memoria. “Mi primer testimonio es una carta a mi hermana, al exilio. Desde entonces, cada instancia que fui averiguando la iba transfiriendo a través de cartas”, cuenta D´Agostino. En 1979, logró cruzar a Uruguay y tomarse un avión a Bélgica, donde pudo contar lo que sabía y había vivido, en organizaciones no institucionales que estaban montadas afuera.
            La primera vez que testificó desde el punto de vista oral y público fue en el Juicio a las Juntas, en abril de 1984. Dice, sobre aquel día: “Yo venía de una formación político ideológica que no creía en la Justicia, en esta Justicia, que forma parte del Estado de Derecho de un gobierno democrático. Pensaba que no tenían ningún sentido esos juicios.” Cuando comenzó a funcionar la CONADEP - que se encargaba de recopilar testimonios y denuncias de personas que habían sido víctimas del terrorismo de Estado - quienes pensaban que ese no era el camino, entraron en crisis. A D´Agostino le pasó. “Pero era lo único que había así que fui”, dice. A pesar de que es un crítico justo – valga la redundancia – de la Justicia, siempre colaboró en los juicios por la verdad. “Lo hice y lo sigo haciendo porque es un espacio más dentro de la lucha, para que se conozcan estos hechos y la sociedad pueda condenarlos social y políticamente”, manifiesta. Y hace una aclaración: “Dar testimonio es uno de los sentidos que tiene mi sobrevida pero siempre participé sabiendo que es una Justicia que va a tratar de amortiguar los hechos, juzgar y condenar parcialmente para cerrar una etapa pero que en realidad va a contribuir muy poco al esclarecimiento y resolución del conflicto fundamental por el que nuestra generación participó de una militancia que llevó al terrorismo de Estado”.
            En general, D´Agostino busca instalar los conflictos que tiene respecto a lo judicial, mientras realiza sus testimonios. Lo dijo alguna vez en un Tribunal: “Estar acá, dar testimonio, no es estar en la sala de tortura pero es un hecho tortuoso, desde lo personal, desde lo psicológico. Hay que estar acá, frente a algunos de los que te torturaron, para estar relatando esto, sabiendo que no va a conducir a mucho”. Se refería a que en esas instancias no se resuelve un conflicto personal sino que se juzga lo que los represores y asesinos representaban y el marco dentro del que articulaban su accionar. La atomización de los juicios le parece un aspecto esencial en la falencia que describe: “No se ha logrado transmitir el todo. Es algo que lleva a cabo el poder burgués. Se juzga como si algunos represores aislados se hubieran unido para hacer daño a cinco o seis personas. Los juicios están atomizados. Ante la nada, sirven. Pero dificultan la comprensión de lo que sucedió. Habría que ir a todos para tener esa idea”.
            En 2010, D´Agostino testificó por primera vez por su caso, cuando comenzó el juicio ABO. Esa instancia judicial marcó una diferencia para él. Se investigaban 181 casos de personas que habían estado secuestradas en el Club Atlético Banco Olimpo. Aquella vez, la sentencia dictaminó que se condenara a prisión perpetua a doce de los imputados y a 25 años de prisión a otros cuatro. Uno de los represores quedó absuelto. En 2012, se inició el juicio ABO bis en donde se juzgaba a dos represores más, donde también testificó. En ambas sentencias, fueron condenados nueve de los represores que estaban imputados por su caso. Sus secuestradores siguen sin ser juzgados. Opina al respecto: “La justicia no fue completa en su trabajo en cuanto a la continuidad del delito: orden, ejecución del secuestro, del cautiverio y del exterminio. La figura de genocidio, además, no ha sido interpretada ni investigada por la justicia”.
            El sistema judicial y los contextos políticos han ido cambiando. D´ Agostino no niega que hayan sido cambios positivos pero cree que si bien la realidad se ha transformado, “el conflicto principal es el hambre, la miseria, y la falta de atención de un montón de seres humanos, de compatriotas de este país o de la región que viven en condiciones por las que nosotros luchamos para modificar. Vamos a poder decir que se hizo justicia si algún día la sociedad en su conjunto puede modificar esto”, dice.
            Para dar testimonio en el juicio ABO, D´Agostino hizo algo que no había hecho antes. Se tomó una semana para repasar todos los testimonios que tenía documentados, revisar si tenía contradicciones y leerlos para no olvidarse de nada. “Hice un repaso y articulé mas o menos una estructura”, cuenta. Después estuvo casi cinco horas frente a la jueza. “No quería olvidarme de nada. Por ahora tengo buena memoria”, agrega. En algo también se diferenció este juicio: en la marcada necesidad de un abrazo afectivo que lo contuviera al terminar su declaración porque “es duro estar dando testimonio en ese lugar, frente a esos tipos, con el compromiso y la presión de no olvidarse de nada”, expresa.
            La celeridad de los juicios, el modo en que actúa la Justicia, los contextos en que se testifica. Son aspectos que D´Agostino no puede dejar de lado cuando piensa en la experiencia de testimoniar. Expresa: “Me han preguntado si vi cómo torturaban a una persona. ¿Simplemente la picana eléctrica es tortura? La picana duele, quema, pero es un instante. Estar encadenado, incomunicado, aislado, sin poder ver ni comer bien, sin tener un abogado, no saber qué te espera, todo eso es también tortura. Yo decía ante el Tribunal que con todo eso que había relatado no hacía falta responder esa pregunta. Yo se lo que quieren escuchar los jueces pero quise transmitir eso en el Tribunal. Forma parte de mi conflicto general respecto a los juicios.” Forma parte, también, de su resabio de militancia, de un dispositivo que parece haberse despertado en su cabeza, esta vez, para decir todo y no guardarse nada. 

viernes, 17 de agosto de 2012

Es necesario.

Día 23

"Fuimos al Lago Maggiore - o Lago Mayor - aunque no es el más grande de los lagos de Italia. A pesar de lo que pareciera querer decir su nombre, es el segundo en tamaño.

No le ponía muchas fichas. Era el primer día que agarrábamos el auto y salíamos a recorrer el norte. Pensaba que me esperaría un lago, unas montañas y ya. Digo "ya" porque el día anterior habíamos llegado de París (o Pariyi, como le dicen acá) y yo pensaba que nada podía superar a esa ciudad. Era como si el viaje se hubiera terminado ahí e Italia hubiera sido sólo una yapa, un regalo antes de volver. Pero el Lago Mayor no es nada más un poco - un poco - parecido al sur argentino. Tiene dos islas y unas construcciones que no me recuerdan a nada de lo que vi alguna vez. Todo lo que lo bordea son distintos pueblitos con flores, muchas flores y colores, lugares poco turísticos. Hablás español y te miran con sorpresa.

En la Isola Bella - o Isla Bella - está el Palacio del cardenal Borromeo. Para llegar tenés que tomar una lancha y hacer un viaje de diez o quince minutos.

(Debo interrumpir la cronología para decir que algo me pasa con despegar los pies de la tierra. Tengo un problema con viajar por aire y mar. La nada. No se. Me decís lanchita, barco, avión - salvando las distancias entre uno y otro - y pienso "¿Es necesario?". Lo mismo me pasó ese día. Pero apenas sentí la ondulación del lago me dejé de joder. Era hermoso estar ahí. El simbolismo es tan obvio que me causa un poco de gracia. Esto de estar tan en movimiento se ve que no me mata. Más bien estoy viviendo. No olvidar. Escribir y subrayar esta parte).


Entré al palacio como aburrida. Qué se yo. Estaba el lago ahí. No se si quería visitar el palacio de un cardenal, un lugar interior, habiendo tanto sol afuera. Además, todavía no tenia confianza en Roberto, en sus elecciones. El lugar era antiguo, medieval, pre moderno y típico en el sentido de histórico. Pero las vistas desde los jardines y las ventanas eran hermosas. Todo era lago. Cómo vas a llegar hasta ahí y no vas a entrar al palacio. El lago inmenso y azul.

Comimos en un lugar que había cerca y tomamos otra lancha a la Isla de los pescadores. Roberto insistía en que por más de que tuviéramos que seguir viaje no podíamos perdernos esa Isla, así que fuimos. Otra vez sentí desconfianza. Llegamos. Estaba llena de casitas, calles y algunos pocos negocios. Desde cada lugar se veía siempre el lago, a un costado u otro, rodeando la isla pequeña, y entonces - a esa altura del día - me di cuenta de que Roberto sí sabía a dónde nos estaba llevando. Tomamos un gelatto - cómo no hacerlo - y antes de subir a la lancha otra vez Roberto me regaló un libro del Lago Mayor, en español, para que entendiera mejor de qué se trataba la historia del lugar y me llevara buenas fotos. El tipo está en todo, pendiente, queriendo que estés bien. Eso de que sea una persona tan presente me da ganas de llorar. No se por qué, quizás tenga que ver con que encontrarse con alguien así en medio de tanta mezquindad te descoloca. Ese día Roberto me dijo Yuli y con eso inició la amistad.


Volvimos a las orillas del Lago y buscamos el auto para ir a Lugano, a cruzar la frontera y echarle un vistazo a Suiza. Estábamos cerca de los Alpes suizos. Era un quilombo llegar pero no estás cerca de los Alpes todos los días, así que fuimos, por intriga. Fue difícil. El camino era por montañas - nunca una tarea sencilla -así que para acortarlo tomamos un ferry - con auto incluido - que cruzaba todo el lago. Sentí la misma incomodidad de siempre: "¿otra vez viajar por agua?" y enseguida y también otra vez la ondulación, el viento pegando en la cara y con eso mi calma. La orilla alejándose, la nada, el agua, el sol, la lejanía de Buenos Aires.

Después de un camino en auto que duró sus horas cruzamos la frontera como si nada y llegamos a Lugano. Suiza me pareció lo que era de esperar: pulcro, correcto, lindo pero insulso. No me pasó nada muy grande frente a un Alpe. Igual, sólo estuvimos un rato y una gran parte de él paramos a tomar algo porque no dábamos más. A orillas de Lugano, en un bar muy after office lleno de suizos que hablaban italiano sólo pude ser cínica respecto a mi mirada. Saqué fotos a los yuppies que seguramente hablaban de trabajo y a los colores rojo y blanco que están en cada cartel, en cada publicidad, en cada logo, simbolizando la bandera suiza.














Emprendimos la vuelta como a las ocho de la noche y nos perdimos. Roberto nos pedía perdon todo el tiempo. Excusi, excusi, una y otra vez. Pero la culpa, en esos casos, no es de nadie.



No olvidar mencionar que como llegamos a las 23:30, no habíamos comido y estaba todo cerrado, Gina - la mamá de Roberto- nos preparó unos fideos espectaculares. Ah... la pasta italiana. "




martes, 31 de julio de 2012

Empezar desordenado

Empezar desordenado, de atrás para adelante, también es una forma de empezar a contar. La cuestión es que Roberto me regaló un cuadernito rosa floreado. "Toma Yulia, te gustan las flores, para que escribas el viaje" me dijo en un italiano que entendí porque él se esmeró en que así fuera. Y yo, que hasta ese momento me había propuesto y jurado no escribir nada sobre los días para no controlar todo y soltar un poco a ver qué quedaba, me di cuenta de que me había auto-provocado una trampa, refugiándome en las fotos. Desde Ezeiza, había sacado una cantidad inconmensurable de imágenes para llevarme en una memoria que no era la mía. Eso era casi lo mismo que escribir. O peor.

El regalo de Roberto era una invitación y un voto de confianza. Era como si me estuviera diciendo que se me notaba, eso de tener cosas para decir y que no pasaba nada si lo hacía. Hay personas que te descubren exactamente ahí donde vos no explicitás nada.

Que faltara poco para volver a Buenos Aires era una razón poderosa para querer guardarlo todo. Por eso, la noche del día 25 me agarró tirada en la cama de uno de los cuartos de la casa de Roberto - el amigo de la familia - en Ponte San Pietro, un pueblo muy chico cerca de Milán, a las 2 de la mañana, haciendo el ejercicio de recordar y escribir día por día.

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Día 25

"Se puede empezar por decir que recibí este cuaderno cuando llegamos de la Costa, a eso de las 10 de la noche. Conocimos Camogli, Rapallo, Santa Margarita y Portofino, en ese orden. Son pueblos que están a 250 km desde donde estamos. En realidad pensábamos quedarnos una noche allá y aprovechar dos días de sol y playa, de Mediterráneo y cielo, pero el día estaba húmedo, tapado de nubes, con niebla y lluvia, y no pensaba mejorar, así que a la noche nos volvimos a Ponte.

La costa Liguria es linda, en el sentido de rara. Tiene un montón de casitas colgadas de montañas, tipo morros pero más grandes. Todas son de colores similares: los mismos naranjas, terracotas, amarillos, verdes. Tiene mucha vegetación florida. Los colores de Europa son de lo más lindo. Me gusta el color del verano por acá. Hay flores, muchas flores y yo me quedo paralizada mirándolas. Me parece que Roberto se dio cuenta.



Primero pasamos por Camogli, un lugar no muy turístico y de montañas altas, con muchas casas colgadas, entonces las vistas desde las calles son impresionantes.

Después bordeamos Rapallo y paramos a tomar algo en hasta Santa Margarita, que es tranquila y linda. Desde ahí tomamos un colectivo con el que tuvimos un episodio desafortunado. Iba hasta Portofino porque no se podía llegar con auto. Eran poco más de 5 km por montaña, un camino difícil, estrecho, sinuoso y había mucha gente que quería llegar hasta ahí. El transporte primermundista en la zona más top de Italia funciona peor que el Sarmiento. Viajamos aplastadísimos, frenando cada 10 segundos para no caer al prepicio o chocar con el auto de enfrente.

A la vuelta, un alemán empezó a golpear la puerta para que le abrieran - no sabemos si por claustrofobia o porque le había quedado alguien abajo, o simplemente por no poder soportar ser transportado de esa inhumana forma - y en ese acto golpeó sin querer a una chica que una vez que el tipo se bajó se quedó agarrándose la cabeza mientars al lado de ella, a un par de mujeres nos temblaban las manos y quizás, también, las piernas.


El camino es difícil pero Portofino es estéticamente hermoso. Tiene casas de colores y pintadas. Una casa puede tener cuatro ventanas pero dos de ellas estar dibujadas, ser artificiales. Esto puede verse como algo artístico y agradable, como toque personal y original de las viviendas del lugar. O también sentirse como asfixiante: pintar ventanas en vez de hacerlas puede ser raro.

Esas casitas dan a un puerto chico y todo ese paisaje es la postal del lugar. El puerto tiene cruceros privados y lanchas. Es un lugar selecto y concheto. Abajo de muchas de las casas hay tiendas de marca: Rolex, joyerías con anillos y collares carísimos, Dior, y podríamos seguir.


La humedad era terrible. Se sentía en el cuerpo. Subir al auto fue un alivio, un microclima. Después de equivocarnos una ruta, retomar la nuestra, atravesar un montón de túneles dentro de montañas, ver cómo anochecía en el camino y dormir de a ratitos, llegamos a la casa de Ponte, donde comimos una pizza gigante que compramos en la única pizzería abierta del pueblo. Esa noche probé algo que allá se toma casi como el Fernet con Coca acá: cerveza con Sprite. No estaba mal.

Cosas para no olvidar:

- La humedad definitivamente mata.

- Son lugares para conocer pero no invitan a quedarse. El exceso de caretaje puede por momentos asquear.

- La Costa Liguria está llena de italianos que veranean ahí. No hay ni un sudaca. Ni siquiera un español.

¿Y si el Primer Mundo - el de Europa - es un mito?

- La lluvia complica todos los paisajes menos el de París. "



lunes, 11 de junio de 2012

Facebook y la piratería


Martina se recibió de politóloga pero lo suyo era la organización de eventos, lo supo siempre. Aceptó un trabajo a través de un conocido en una de esas agencias y no le resultó difícil convertirse en wedding planner.

Después de seis años de una relación casi matrimonial que la agobiaba, le pidió a Pablo que se fuera de la casa en la que convivían. Se separó. Alguien como Martina, inquieta, imparable, no puede estar sola.

Una tarde, en un evento, se cruzó con Lucho, el sonidista. Se cayeron bien. Era un casamiento en San Antonio de Areco. En un recreo de trabajo, él le convidó una cerveza y cruzaron las primeras palabras fuera del protocolo laboral. Se sucedieron las fiestas y los encuentros. Empezaron a salir a escondidas de sus compañeros.

Eran los principios de Facebook. María Emilia se había armado uno, por intriga. Una noche que recuerda bien se puso a hacer lo que sin saber miles hacían al mismo tiempo: stalkear. Lucho no tenía Facebook porque le parecía una pelotudez. No conforme con las circunstancias, habiendo heredado la experiencia del rastreo de fotologs, buscó a los amigos de él y encontró a uno que prácticamente no conocía. Miró todas sus fotos. Descubrió una chica que estaba en todas las fotos con él: fotos familiares, fotos con amigos, en todos esos ámbitos de la vida de Lucho que ella nunca había conocido.

Pasaron días. Martina, la fuerte, la lanzada, la impostergable, le pidió solicitud de amistad a Paula. Le contó todo sin vueltas. Chatearon mucho. Paula le dijo que no era la primera vez que le pasaba, que Lucho estaba perdido, que estaba enfermo.  

Un viernes, después de un evento, Lucho llegó a su casa. Cuando Paula le abrió la puerta notó que la mesa estaba puesta para tres y que Martina era la invitada de honor.

Fue una cena tan entretenida que ninguno probó la comida.

Actualmente, Lucho y Paula siguen juntos. Martina volvió, frustrada, con Pablo.




Lo importante es que esas personas realmente existen. Esa es una historia real.

domingo, 3 de junio de 2012

Un reloj y un tango para despertar

-Siempre digo que no me importa morirme mañana, que ya viví la vida. Y me retan porque hablo mucho de la muerte. Pero recién te escuché cantar y me dio mucha lástima ser así de viejo -  le dijo Aldo a Carola. Después le pidió que volviera a tocar el tema alegre, el que dice un ranchito borracho de sueños y amor quiero yo.

Aldo y Juana viven a 500 kilómetros de Buenos Aires. El domingo, cuando Carola abrió la puerta y encontró del otro lado a sus abuelos, les notó la edad. Él -que antes hacía los mandados para todos, se subía al Peugeot 504 y le daba si era necesario hasta el fin del mundo - ahora daba pasos cortitos, caminaba lento y se dejaba dar la mano como ayuda.

Se quedaron una semana en casa de Carola, que se tomó esos días para aprovecharlos porque ya los estaba extrañando de una forma incómoda. Pasó de todo, si se entiende por "de todo" que compartieron días juntos.

El día anterior a que Aldo y Juana volvieran a su pequeña ciudad infierno grande, Carola tuvo insomnio. Todos se fueron a dormir menos ella. Entonces vinieron las preguntas atragantadas, todas juntas. Qué sentirá alguien de 80 años. Qué pensamientos esconderán los silencios de los viejos. Qué habrá al fondo, en aquella profundidad con que te miran a los ojos. Además de la idea de la muerte, ¿qué? Esa noche, su abuela le había dicho que cuando volvieran al pueblo iban a estar solos y aburridos. Lo había hecho en secreto, mientras la agarraba del brazo cuando volvían caminando del restaurante.

El nudo en la garganta estaba por estrangular a Carola. Todos esos días, se la había pasado cantándoles canciones a pedido. La llorona, un par de boleros desolados, otro par movidos, unos cuantos tangos que no sabía tocar en la guitarra pero igual lo hacía, la alegre del ranchito. Estaba agotada e incompleta.

Sentía que tenía que haberles dicho que no se preocuparan por ella, que estaba bien. A la abuela, más que nada, que le preguntaba todo el tiempo por el amor. Pero sólo le había dicho Abuela, es difícil porque las mujeres se entienden entre sí a todas las edades. Es como si el género sí definiera a las personas cuando se juntan distintas generaciones a tocar el mismo tema. Hace unos años, cuando se separó de Marcos, Juana fue la única que supo decirle algo que le llegara: "chiquita, no llores más, si lo que hay entre ustedes es grande no hay manera de que puedan evitarlo. Si esto realmente termina acá, es porque hay otra relación que espera y será enorme. Cuando uno se enamora, no te separás fácil, cedés un montón de cosas, das pelea, aguantás, insistís. Si así no es, que se pierda, soltalo, hoy te parece terrible pero no. Sos tan linda y tan joven".

Hacía apenas un rato, Aldo, antes de irse a dormir, le había pedido a Carola un despertador. Ella le llevó el nuevo, le mostró que sonaba fuertísimo, le contó que lo había buscado a propósito para poder despertarse, por fin, a la mañana. Él se había quedado deslumbrado frente el reloj: los números grandes, el sonido, el botón que hacía encender una luz para poder ver la hora en la mitad de la noche. Ella se lo regaló.

Carola se acordaba de ese interés inesperado de su abuelo por ese objeto y decidió que al otro día iba a ir a comprar el libro más completo de letras de tango para regalárselo a su abuela, que cantó toda su vida y la noche anterior le había dicho que la voz ya no le daba. Carola sabía que eso era mentira, la voz de Juana es eterna,  lo que no hacía era practicar porque se olvidaba las letras.

La pena inmensa de que tengamos que morirnos, era eso lo que anudaba la garganta. El único alivio posible - lo supo- era colaborar disimuladamente en el amanecer de sus abuelos, que en definitiva parecían querer expresar  que el miedo verdadero no era a morir sino a quedarse dormidos.


miércoles, 23 de mayo de 2012

Hambre de poesía

Apenas empezó a hablar, Laura, Cami y yo nos propusimos tomar apuntes.

Decía la profesora, a propósito de un texto sobre cine y psicoanálisis, que "El exhibicionismo/voyeurismo de agujero de cerradura no lleva en él algo triunfal, porque no se exhibe a través de lo exhibido, la exhibición". 

Más tarde explicaba que "la película de ficción tradicional se caracteriza por estar dentro de un régimen de exhibicionismo/voyeurismo de ojo de cerradura porque es exhibicionista y al mismo tiempo no lo es, ya que miro la película pero ella no me mira mirarla".

Laura agarró el cuaderno y nos dijo, bajito:

-No se exhibe a través de lo exhibido
La exhibición
La miro
Ella no me mira mirarla
Dejate de joder, parece un poema.

Seguí:

- La profesora
Nos mira no mirarla
A través de un agujero
De cerradura
Y de milanesa
Con papas fritas

- Con papas fritas que nos miran y una Coca vouyerista- agregó Cami, que estaba sentada atrás.

Pasadas las diez de la noche de un martes, teníamos mucho más hambre de comida y de poesía que de un teórico de semiótica.